Las redes sociales, Internet. En el principio fue Facebook o el chat del Messenger. Luego el Blackberry, finalmente Whatsapp. Ahora Snapchat o Instagram. No importa, todas más estéticas o plásticas, más largas o más cortas, todas permiten algo: comunicarse. Y lo hacen definitivamente de una manera distinta.

De pronto algo empezó a mutar. Ya no había que hacer encuentros personales ni llamados. Se dio un salto a la experiencia social directa, dejándola como una excepción de segundo orden, algo que ocurrirá después. Y fue “maravilloso”: no había restricciones de acercarse a gran cantidad de gente. Se lo hacía de manera segura, desde la pantalla, distante y desde la protección del hogar. Sin riesgos ni vergüenzas.

Con una libertad nueva y refrescante, “total…frente a la pantalla puedo decir cualquier cosa, me suelto, puedo ser yo mismo-yo misma, sin las inhibiciones que tengo en el cara a cara”. “Soy más yo y puedo expresarme en libertad y creatividad”. O bien mentir impunemente desde la identidad hasta las fotos, asumir incluso frases robadas, etc. Biblia y calefón en un medio que dejaba claro que todo era posible. NO hay límites. Total la pantalla está tan distante al otro que se está a salvo, lejos a distancia y cerca en la imagen. Lejos en las confesiones personales pero ¡leyéndolas! VER MÁS

Fabián Melamed

Licenciado en Psicología • Magister en Psicología Social Comunitaria

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