El 25 de mayo, del año 1941, como muchas otras fechas patrias fue la excusa perfecta para la conformación de un club social y deportivo. En general, aquellas marcas en el calendario que auguraban una jornada sin obligaciones laborales, eran las ideales para la concreción de estos acontecimientos sociales. Argentinos del Norte fue la denominación de una entidad que, desde su momento inicial, se identificó con los colores azul y blanco y que contó como su primer presidente a Rogelio Ponzo.

Mar del Plata se extendió, en su desarrollo, hacia el norte más lentamente que a los extremos este y oeste, limitada por lo que, a principios de siglo, se dio en conocer como Monte Luro. El extendido terreno era propiedad de la hija de Pedro: María Luro de Elissathe Chevalier. El italiano Vicente Ferrari, que se desempeñaba como parquizador de sus propiedades, se encargó de las plantaciones de la zona. También forestó los frutales de la quinta que abastecía al Instituto Saturnino Unzué, y a varios hoteles de la zona costera. Dentro de ese espacio, en 1916, en el predio rodeado por las calles Acosta, Félix U. Camet y Liniers, se creó el Solarium. La entidad obedecía a la necesidad de favorecer el tratamiento de la tuberculosis ósea en niños de escasos recursos.

El aroma marino que puede percibirse, durante casi todas las épocas del año, envolvió cálidamente a quienes hicieron su vida en Argentinos del Norte. En la esquina noroeste de Cardiel y José Mármol, con ingreso por esta última, se encontraba el almacén de Pacheco, un despacho de alimentos y otros productos para los vecinos de la zona. Desde fines de los años 30, unos muchachos muy jóvenes se juntaron a darle puntapiés a un balón, en la cuadra que se hallaba en diagonal al comercio. Sin embargo, aquel edificio fue un espacio propicio para generar una intención más formal e institucional al conjunto futbolístico, aunque luego surgieron algunas desavenencias con el propietario del lugar.

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Los hermanos Vaquero (entre ellos Valentín, un notable dirigente del fútbol infantil), José Rubio, Profota, Montagna, Goyeneche, Bayón, Raúl Remaggi, el “chino” Ullúa y los hermanos Saba, entre otros, fueron algunos de los asiduos asistentes a los descampados del barrio que se transformaron en terrenos de juego. En las postrimerías de la década del 40, concretaron el sueño de la cancha propia, primero en un reducto de las calles Strobel y Rocha, después en la intersección de Strobel y Mármol.

En 1948, el equipo de casaca blanca con banda diagonal azul, habituado a competir en la Liga de Fútbol del Norte, alcanzó el título triunfando en la última fecha contra su clásico rival: Defensores de San Martín. Sentencian las crónicas de la época que la victoria correspondió por 1 tanto contra 0, con gol de Valentín Vaquero. Ambas parcialidades cruzaron cánticos amenazantes a lo largo de todo el encuentro, pero finalmente la hinchada del derrotado reconoció en aplausos al vencedor.

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La campaña del equipo norteño abarcó una segunda fase invicto, con un total de 21 puntos sobre 24 posibles y 25 goles a favor. La habitual alineación titular convocaba a Santiago en el arco, Menéndez y Lucifora, una línea media con Bengoa, el capitán (y periodista) Helmer Uranga y Valentín Vaquero; en la delantera los González, Bombín, Frisoni y Echeveste. El “auriazul” enfrentó a consagrados equipos con futuro liguista como Alvarado, San José, Once Unidos y Al Ver Verás; rivales que desaparecieron: Deportivo Colón, Dorrego, Gimnasia y Esgrima, Almagro La Perla y Sol de Mayo, Manuel Estrada y Villa del Parque (el clásico).

En 1950, con motivo de conmemorarse el año sanmartiniano, además del cumpleaños del club, se descubrió una piedra tallada en homenaje al prócer y se colocó un mástil para el izado del pabellón nacional. En el marco de las celebraciones se destacaban, además de los tradicionales deportes, actividades que generaban la algarabía de los presentes: la carrera de embolsados y la competencia de lentitud en bicicleta, donde los tropezones que ambas suscitaban se robaban todas las miradas.

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En plena investigación para la realización de nuestro libro, dimos con la hija de uno de los fundadores de la institución, don José Rubio. Supimos que se hallaba con una patología que lo mantenía alejado de su hogar y con la venia familiar fuimos a visitarlo. Al encontrarlo nos demoramos en poder establecer el diálogo, pero al mencionar “Argentinos del Norte”, una lágrima brotó fuerte de sus ojos y una llama se encendió para iluminar la memoria y transformarla en sabias palabras: “el club es mi infancia, todos los recuerdos y los amigos de cuando era chico que perduraron en la vida”. El tiempo no detiene su marcha; las euforias dan paso a momentos más calmos y las energías juveniles se mutan en responsabilidades adultas. Esa metamorfosis humana sucede, en ocasiones, en la existencia de las instituciones.

“El club es el epicentro del barrio, no solo deportivo, sino de lo social". Sigamos protegiendo la historia y el presente de estas instituciones. Buscanos en @100clubesdebarrio Declarado de interés legislativo por la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires.

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