En tiempos de tecnología de 3 y hasta 4.0, en épocas en las que el avance digital modifica paradigmas, alguien decidió que sería una buena idea llevar a la ficción la relación que tiene todo esto con el ser humano en su vida cotidiana. En medio de tantos nuevos hábitos, vieron que el gran progreso y extraordinario desarrollo de la tecnología podía llegar a hacer estragos en el hombre y hasta ejercer cierta dominación sobre él, pero que el ser humano por su condición de ser humano e inherentes características, jamás podría convivir con ella de esa manera y terminaría por combatir o destruir eso mismo que creó. Pensaron esto e hicieron Black Mirror.

Con cinco temporadas y una historia diferente en cada capítulo, el creador londinense Charlie Brooker optó por darle a la serie un tinte oscuro. Sombría por momentos, los personajes transitan situaciones límite en las que deben tomar decisiones tan veloces como transcendentales. Situaciones que son generadas por el uso de la tecnología.

Aquello que al público le genera incomodidad y suele provocarle un cierto sentimiento depresivo al final de los capítulos, aquello por lo que un sector de la audiencia la rechaza, es, a la vez, una virtud de Black Mirror. Porque no escatima en simples cuentos de personas cuyos problemas los tienen a maltraer, sino que lleva al límite las circunstancias. De esta manera consigue un mayor impacto, y logra dimensionar al espectador sobre lo que resulta (y podría resultar) de un mundo construido y atravesado por un brutal desarrollo tecnológico. Es así que en algunos episodios recrea futuros paralelos, con sociedades totalmente modificadas por un avance imponente de la tecnología.

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La serie plantea la convivencia del ser humano con un progreso digital que se ha hecho parte de su vida. Un progreso que fue impulsado y manipulado por él mismo. En algunos casos, hasta llegó a crear realidades paralelas y ficticias. Las desesperantes situaciones que atraviesan los personajes transmiten una sensación de que existe un punto en el que el hombre no puede coexistir con tamaño desarrollo tecnológico. Porque afectan sus relaciones interpersonales, porque se ven condicionados, porque los deja insatisfechos.

Black Mirror propone en sus capítulos distintos escenarios. Por ejemplo, una sociedad segregada que se alimenta de telebasura y en la que casi nadie se relaciona si no es mediante una pantalla y un usuario de internet, a través del que deben sumar puntos para conseguir su libertad. Uno de los personajes no soportará esa vida y decidirá romper con los esquemas, motivado por el amor que comenzó a sentir por una joven. Lo llevará a ir contra el sistema impuesto y que nadie cuestiona, pero que atenta contra la naturaleza del ser humano de sentir, de tocar, de enamorarse y de su necesidad de trascender.

Otro de los capítulos recrea un futuro donde todos llevan un implante que registra sin parar lo que las personas hacen y ven, y todo esto se puede reproducir como si fuera una película, no todos soportarán ser espectadores de lujo de los momentos íntimos de otra persona.

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Otra de las entregas se pregunta: ¿Es posible revivir a alguien que ya falleció? Los avances de la ciencia logran hacer cosas inimaginables y extremadamente tentadoras, y una mujer buscará llenar un vacío que no logra sobrellevar.

Black Mirror es, entre muchas otras cosas, una gran crítica y llamado de atención a lo que el hombre es capaz de hacer y crear con la tecnología. Pero dice Black Mirror que, al mismo tiempo, por su mera condición de ser humano, existe un punto (un límite) en que el hombre jamás podría convivir con ella. Porque el ser humano necesita palpar, sentir, equivocarse, trascender y está plagado de emociones. Y nada de eso, argumenta la serie, podrá ser reemplazado por la tecnología.

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