Por Alberto Rodríguez (*)

Nuestro querido país ha sido siempre una geografía agitada. La imagen de la Pampa calma, esa llanura quieta, mansa, no refleja la recurrente convulsión que vivimos los argentinos.

Pandemia mediante, estos tiempos no iban a ser la excepción a una historia cargada de contiendas, cataclismos institucionales, reiteradas crisis que a esta altura devienen en estructurales. Las preocupantes cifras de las variables socio económicas, sumada a la situación sanitaria, auguran nuevas tormentas.

Si algo se esperaba de los máximos responsables de los elencos gobernantes en todos los niveles, era la construcción cuidada y empática de la casa común. Lejos de ello lo que predomina es el conflicto.

Paradoja mediante, no es pacífica para los especialistas, arribar a una noción unívoca del término conflicto interpersonal.. Desde el saber especializado podemos agrupar tres marcos teóricos sobre la noción de conflicto.

Las teorías de las propiedades del individuo, que ponen el acento en elementos psíquicos; las teorías de las estructuras sociales, como su nombre lo indica, hace pie en los contextos y en determinadas estructuras. Para esta visión el conflicto aún en el plano individual debe ligárselo a esquemas de poder, dominación, como característica más potente

Por último las llamadas teorías de los procesos de interacción. Aquí juegan, la incompatibilidad, la interdependencia asumiendo elementos típicos de las dos anteriores.

Desde esta perspectiva, el conflicto se presenta en esa relación dialéctica, se entremezclan actores en pos de la realización de distintos objetivos.

Sobre estas bases y siguiendo a Calvo Soler, podemos definir al conflicto como una relación de interdependencia entre dos o más actores, cada uno de los cuales o percibe que sus objetivos son incompatibles con los de los otros actores (conflicto percibido) o, no percibiéndolo, los hechos de la realidad generan dicha incompatibilidad (conflicto real).

Los sucesos entre el actual Gobierno Nacional y el de la Ciudad de Buenos Aires en torno a la apertura o cierre de las escuelas encajan perfectamente en esta descripción.

Establecida la interrelación e interdependencia, nos queda dejar sentado el carácter dinámico y cambiante del entramado conflictual. Así podemos apreciar a diario la evolución de la disputa.

Se utilizan recursos en pos de sus objetivos: la fuerza de los decretos y resoluciones, las declaraciones, la presencia mediática, el coro de simpatizantes de uno y otro bando, las jugadas amenazantes, las descalificaciones.

En definitiva no se trata de un suceso puntual, y en el presente vislumbramos una fase concreta de escalada.

Dentro de la dinámica del conflicto los actores echan mano progresiva y alternativamente recursos de mayor intensidad. Existen casos que el proceso de escalada se presenta de manera unilateral. Siguiendo a Entelman existe una interacción, actos discernibles de las partes que indican una secuencia de acciones recíprocas, donde de manera razonable se interpreta que una es consecuencia de la otra. La intensidad no se mantiene estable sino que va cambiando, va pasando a distintos niveles.

Si recorremos la prensa, las redes nos encontramos con que los actores no se han guardado nada a la hora de incrementar esa movida de acción y reacción frente al contendiente.

En los fenómenos de escala se presenta que frente a un aumento de magnitud de la conducta conflictiva de uno de los adversarios, es harto probable que el otro bando se vea obligado a responder con una intensidad mayor. Así el intercambio crece y crece.

Podemos caracterizar las escaladas bajo dos tópicos: Una por el momento y la otra conforme a los objetivos.

La primera da cuenta sobre la ubicación de los actores, esto es, si se encuentran previamente a un proceso de resolución de conflictos o cuando los mismos están inmersos en él, en tanto que la de objetivos, de especial interés para la ocasión, en virtud de sus consecuencias en un momento de muchísima fragilidad

Bajo esta óptica, podemos distinguir escaladas que buscan la resolución, las que buscan la disolución del conflicto y las que no buscan solución alguna.

Así un primer tipo de escalada tiene la intención de modificar el comportamiento del otro como objetivo de resolución del conflicto, a esta la llamamos escalada constructiva.

Otro tipo sin embargo, tiene la clara intención de disolver el conflicto, busca eliminar algún elemento de la incompatibilidad manifiesta o presunta. Son las llamadas escaladas de disolución y tienen como objetivo la imposición de mi criterio o la retirada del otro actor. Se trata en definitiva otro vertiente de escalada constructiva.

Por último, hay escaladas que buscan el incremento de la intensidad del conflicto no en aras de la consecución de objetivo alguno, y muchos menos de solución, se incrementa la intensidad porque el otro incrementa y su razón se alimenta en la destrucción del adversario. Esta última se la conoce como escalada destructiva.

Dejamos al lector para que reflexione y ubique a cada uno de los actores de este nuevo culebrón argentino. Más allá de cualquier preferencia es hora de desescalar la pesada conflictividad en la que vivimos. Para ese remedio los teóricos del conflicto también han dicho la suyo.

* Secretario de Comunicación y Relaciones Públicas de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Magister. Abogado, Mediador, Profesor a cargo del Seminario de Negoción Comercial. Maestría de Administración de Negocios FCEYS – UNMDP. y docente del Curso Formación de Mediadores de la Provincia de Buenos Aires - CIJUSO-

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