Y un día se pudo jugar la final de la Copa Libertadores 2018, un partido digno del Día de la Marmota, aquella película de los noventa en la que Bill Murray estaba condenado a vivir la misma jornada eternamente. En un civilizado marco europeo, con hinchas de ambas aficiones uniformados con sus camisetas y mezclados tranquilamente en las tribunas, pero, eso sí, con algo menos de la pasión que podemos encontrar cada fin de semana en las canchas argentinas. Afortunadamente no hubo ni una sola excusa para liar la bronca y se pudo jugar un clásico en paz.

Además de las constantes advertencias que se les hicieron a los hinchas para que se comportaran correctamente, el éxito se debió a las estrictas medidas de seguridad que se tomaron, nunca vistas en Madrid para un partido de fútbol. Un primer control policial a 500 metros del estadio, un piquete de seguridad que incluía hasta tanques antidisturbios, un cacheo, otro cordón policial y un último cacheo aleatorio, por las dudas. Así, no se coló ni un encendedor. Y dentro del estadio, más de lo mismo.

A pesar de todo, la campaña del miedo que profetizaba que en el Bernabéu se estaba incubando una bestia indomable tuvo un éxito relativo. O quizás haya sido el precio de las entradas (las más baratas costaban 80 euros). Lo cierto es que “sólo” 60 mil espectadores presenciaron la final cuando la capacidad de Santiago Bernabéu es de 80 mil. Una buena entrada, pero lejos del llenazo que algunos preveían.

Lo imprevisto del escenario, la velocidad con la que se tuvieron que tomar decisiones, hicieron que se vivieran situaciones insólitas. Como la del hincha de River vecino del Bernabéu que se había vuelto de Buenos Aires con la tristeza de no poder a su equipo campeón y se lo encontró a 800 metros de casa. O como Federico, que apenas media hora antes del comienzo de la final consiguió colocar las dos entradas que le sobraban porque un amigo de Jaén no pudo viajar a último momento. Eso sí, tuvo que revenderlas con una rebaja sustancial: por cada 160 euros que costaba cada una originalmente sólo consiguió 100. A Nicolás, argentino residente en Madrid, y a Tomasso, italiano de Bérgamo, les salió bien tensar la cuerda hasta el final. Consiguieron dos buenas ubicaciones con un descuento considerable. Como en la perinola, todos ganaron (o casi).

En cuanto al partido en sí, queda la sensación de que si esta final era la ocasión de la Conmebol para vender la Copa Libertadores al mundo, no va a haber muchos interesados. En Europa los estándares de calidad futbolísticos están unos peldaños por encima de los sudamericanos (aunque hay que decir que tampoco en las finales de Champions League suele verse buen fútbol). Quedará para más adelante analizar qué es lo que verdaderamente pasó para que este partido saliera organizativamente como salió: una triste final que entre todos la mataron y ella sola se murió.

Pero hoy a River y a sus hinchas poco les interesará esto. Para ellos, la rutina del Día de la Marmota de eliminar a Boca un día sí y otro también se ha convertido en una sana costumbre. Para ellos, como dice el poeta, de Madrid al cielo.

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