Peronistas o radicales. Boca o River. Católicos o judíos. Soda o Redondos. Apocalípticos o integrados (Términos que tomo prestado de Umberto Eco cuyo libro recomiendo hoy más que nunca). Históricamente hemos tenido divisiones instaladas. De índole política, religiosa, cultural o deportiva. Unas más profundas y otras más banales. Pero en los últimos años hemos atravesado una división más dolorosa y es la de los propios argentinos. Algunos medios la llaman "grieta" y para mí son amigos que dejaron de verse, familias separadas, discusiones laborales. Estas historias las he visto y también me contaron muchas. Y si bien es sano intercambiar ideas, las diferencias no deberían partir nuestras vidas como si fuera obligatorio pararse de una u otra vereda.

Hoy parece una condición necesaria para vivir en sociedad tener que manifestar públicamente el pensamiento político de cada uno. Como si formara parte del certificado de nacimiento, del DNI. Y yo no quiero estar de ningún lado. No tengo ganas, no me define como persona ni me cambia en mi esencia. Porque lo que importa es lo que somos y hacemos cada día para ser mejores personas. Y eso no se puede trasladar a las redes sociales sino que se demuestra con actos.

No soy mejor o peor si manifiesto de qué lado estoy. Yo solo quiero seguir al lado de mis amigos, de mi familia y de ninguna manera quisiera perderlos por pensar distinto. Porque los respeto y me respetan. Y ese respeto al otro es lo que se ha perdido. Sobre todo porque muchos no recuerdan que mis derechos terminan donde empiezan los del otro. A los fundamentalistas de cualquier cuestión hay algo que sí los une y los sitúa en la misma vereda: la intolerancia. Ahí no tengo la menor duda y quiero estar del otro lado.

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