A las mujeres nos ha llevado siglos conquistar iguales derechos que los varones. Es importante distinguir que una cosa es el reconocimiento de iguales derechos y, resulta indiscutible, que progresivamente hemos ido logrando esa meta —por ejemplo, derechos electorales, la administración de los propios bienes, entre otros— pero todavía nos está faltando alcanzar “iguales oportunidades” para ejercer esos derechos.

Los estereotipos de género son el campo fértil para la discriminación y la violencia en general y, en particular, respecto a las mujeres, en la base de esas prácticas hay una cuestión de estereotipos arraigados social o culturalmente, que luego se exteriorizan a través de un acto o conducta discriminatoria o de alguna forma de violencia. Concretamente, los estereotipos de género están tan enraizados en nuestra vida, nuestra historia, en la forma en que se han conformado nuestras familias de origen y nos han educado, que han marcado -desde tiempos ancestrales-la división de roles de la mujer al interior de la familia y en la vida social, particularmente, vinculados a las tareas de cuidado y a las tareas del hogar.

En la medida que las mujeres nos hemos ido incorporando en algunos ámbitos lo hemos hecho reproduciendo esos roles de género. Por ejemplo, nos dedicamos -en mayor número- a actividades vinculadas con el cuidado: la docencia en el nivel inicial, la docencia de nivel primario, las tareas domésticas del servicio de trabajo en casas particulares, el cuidado de personas enfermas o de edad avanzada. Todas actividades en las que, de alguna forma, se reproduce ese estereotipo de la mujer como predestinada, mejor dotada o capacitada para cuidar, para educar, etc. Y cuando logramos incorporarnos a otros ámbitos, por ejemplo, el de la industria, el comercial, el administrativo o el ejercicio profesional, hay una tendencia a adjudicarnos también actividades vinculadas al cuidado. Por ejemplo, en una oficina ¿quién prepara el café? ¿Quién va a comprar los regalos de cumpleaños? ¿Quién se encarga de comprar la comida para el brindis de fin de año? Esas tareas casi como “naturalmente” nos son adjudicadas a las mujeres y rara vez a los varones.

El ingreso al mundo del trabajo, concretamente la entrevista de selección, también está atravesado por los estereotipos de género. En general, todavía se le pregunta a las postulantes mujeres sobre aspectos vinculados con su vida personal o con la organización de su familia o con sus proyectos familiares, aspectos sobre los cuales a los varones no se los interroga. El estereotipo que allí subyace es que las mujeres somos quienes asumimos las responsabilidades familiares; lo que también suele aparecer en ocasión de determinar ascensos.

Por otra parte, el Convenio N°100 de la OIT, aprobado en1951, consagra el principio de igual remuneración por trabajo de igual valor. Pasaron más de 70 años y las mujeres seguimos ganando en promedio un 30% menos que los varones. Es decir, no obstante, el Convenio y que la mayoría de las legislaciones laborales –en Argentina y en el mundo- recogen el principio de igual trato remuneratorio las mujeres seguimos ganando menos que los varones. Y esta brecha salarial impacta en el futuro previsional de esas mujeres, también en las posibilidades de acceder a bienes propios, a la tierra, a la tecnología; en la posibilidad de tener un ingreso que les permita vivir de manera independiente. También va a condicionar las posibilidades que pueda tener esa mujer para romper el círculo de violencia doméstica. Pero también esos mayores ingresos permiten acceder a mayor capacitación y de formación profesional. Y eso va a marcar sus posibilidades de crecimiento. Hoy las estadísticas de la OIT hablan de “brecha tecnológica”.

Sumado a todo ello, debemos recordar que las estadísticas muestran que las mujeres somos víctimas en mayor número de violencia y acoso en el mundo del trabajo. El Convenio N°190 de la OIT le dedica apartados específicos a la situación de violencia laboral contra las mujeres y también a la forma en que la violencia doméstica contra la mujer impacta en la prestación de sus tareas y en su desarrollo profesional.

Por último, debemos mencionar el techo de cristal, esa barrera invisible que básicamente tiene su origen en los estereotipos de género, en el suponer que porque somos mujeres tenemos a nuestro cargo las responsabilidades familiares. Esa barrera de cristal, que es invisible pero está y obstaculiza el crecimiento profesional, el acceso a los lugares en que se toman decisiones, en el ámbito privado y en el público –incluido el Poder Judicial-.

Ahora bien, no alcanza con que haya más mujeres en los altos cargos, sino que tiene que tratarse de personas con perspectiva de género. Pues no podemos olvidar que el patriarcado es una concepción, una forma de organizarnos familiar, social o laboralmente Hay mujeres y varones patriarcales o que reproducen el patriarcado.

Para definir la perspectiva de género hay una imagen que es muy alusiva: unos lentes que nos permiten ver a las personas con sus específicas diferencias. La perspectiva de género es una herramienta que permite leer la realidad y las relaciones, interpretarlas y juzgarlas con una mirada que entiende el patriarcado y las desigualdades estructurales en las que estamos inmersas las mujeres.

Resulta significativo identificar los roles y estereotipos de género con miras a su remoción y, de tal forma, prevenir, sancionar y erradicar la discriminación y la violencia contra las mujeres, tal como mandan las normas constitucionales, internacionales y la ley 26.485.

Los siglos XIX y XX fueron de conquista de derechos para las mujeres. Creo que el siglo XXI es el siglo de la igualdad de oportunidades. Tenemos que luchar para que las oportunidades para ejercer esos derechos sean iguales. Este es el desafío si queremos construir sociedades, familias, lugares de trabajo que sean inclusivos, democráticos y que garanticen iguales oportunidades para todos y todas para desarrollar nuestros proyectos de vida, nuestros proyectos de carrera profesional, para construir un mundo con espacio para todos y todas.

Dra. Viviana Dobarro

Jueza Nacional del Trabajo. Socia de AMJA.

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