-Tenía ánimo pero también tenía miedo.

—¿De qué?

De no ser capaz de ver la tragedia y quedar entero

Había que tener mucho coraje, pero por sobre todo mucha vocación de ayuda, espíritu solidario y por sobre todo coraje para tomar el timón y avanzar por aguas del Mediterráneo no ya para pasear en yates de lujo a millonarios, sino ya para detectar cuerpos en el agua y tratar de poner a salvo a todos los que se pudiera.

Pero llegó ese clic en la cargada de aventuras de Ricardo Sandoval, un marplatense que tras la crisis de 2001 tomó el pasaporte y voló para cruzar el Océano Atlántico en busca de una oportunidad en España. La encontró luego de ser desde buscavidas hasta estudiar y ser ahora capitán de buques mercantes. Aunque decidió dejar casi todo para dedicar su tiempo y esfuerzo a salvar inmigrantes africanos que naufragan en su intento por un mundo mejor en algún punto de Europa.

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Aquí lo conocían como “El Tuerto”, según contó a Infobae en una amplia nota en la que detalla esta experiencia que a pesar de la convivencia permanente con la tragedia y la muerte lo ha llenado de vida y ganas de hacer siempre un poquito más por los demás.

Casado con una española, por inquietud de ella llegó en 2017 a “Open Arms” (Brazos abiertos), la ONG que suma voluntades para asistir a aquellos que llegan hacinados en frágiles y muy pequeñas embarcaciones, endebles para llegar de costa a costa y por eso condenadas casi siempre a irse a pique y dejar a sus navegantes en el durísimo desafío de sobrevivir en medio del Mar Mediterráneo.

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“Ángeles de la guarda en el mar”, los bautizó una coordinadora de operaciones de ACNUR en Grecia por la cantidad de vidas que esta organización había salvado en los últimos años. Sandoval, hombre de mar pero por sobre todo de enorme corazón, no tardó en sumarse.

Iniciado como oficial, la primera intervención fue un éxito, y eso significa sin bajas, que era la gran preocupación del marino. Cómo afrontar esa situación de llegar a un rescate y enfrentarse a gente sin vida. Por eso preguntó una y otra vez a los que ya tenían experiencia. Necesitaba conocer cómo era ese impacto, qué se sentía pero por sobre todo como se seguía.

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Pero un día se dio ese escenario tan temido. Fue a rescatar a 150 personas que viajaban a un barco que el consideraba para no más de una docena de personas. Lo primero que le pusieron en sus manos fue un bebé de tres meses, ya sin vida.

"Logré ver un barco de madera que venía muy hacinado. No podía creer cómo podía haber 150 personas en un barco en el que en España irían 12", comienza. "Apenas nos acercamos me pasaron un bebé muerto, tenía tres meses. Luego un adolescente, asfixiado por humo del motor y que moriría horas del después. Y al día siguiente falleció otro bebé de edad similar al primero.

"Les quitan la dignidad. Imaginate huyendo y cuando llegas a un lugar, en vez de darte una palmada en la espalda, un abrazo o un cacho de pan te secuestran, te torturan o te violan”, dijo a la periodista Gisella Sousa Días. Y lanza su dilema: “'¿Dónde mierda está el ser humano?, palmemos todos y que queden los animales, que son incapaces de hacer algo así'", afirma.

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Hoy con 41 años, relata el caso que más lo shockeó. Encontró perdidos en la noche a tres hermanos, el más pequeño de 14 años y enfermo de leucemia, con una vía intravenosa en el brazo y la misión de llegar a un hospital europeo para buscar una cura. Lo desembarcaron en Sicilia, pero pronto el Estado italiano lo devolvió a Libia. Un año después Sandoval se enteró que el muchacho había fallecido. Recuerda que ese día se derrumbó emocionalmente.

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