Por los Profesores Eduardo Ferrer y Sebastián Ramirez

París, la costa azul y otras geografías urbanas y naturales, en tierra francesa, fueron el espejo donde mirarse de los sectores más poderosos económicamente de nuestro país; en particular, durante el amanecer del siglo XX y hasta casi mediados de esa centuria. Mar del Plata, cuna de aquellos visitantes que soñaban una villa balnearia al estilo europeo, tuvo estrecha relación con la nación gala, contando desde inicios del 1900 con un importante flujo inmigratorio de esas tierras.

Como muchos de los arribados, esos franceses de las primeras décadas vinieron a sumarse en el desempeño de oficios y en el aporte de una mano de obra necesaria. Carpintería, panadería, arquitectura y paisajismo fueron algunos de los espacios donde se destacaron por estas latitudes, como el caso del reconocido Carlos Tays, diseñador del Paseo General Paz, entre tantos bellos lugares de ésta costa atlántica. A la par, las actividades de sociabilidad, de estos inmigrantes, se hicieron notar fuertemente en espacios como la Sociedad de Socorros Mutuos “La France”, con última sede en la calle La Rioja entre Moreno y Bolívar, donde luego funcionaría la Alianza Francesa.

Todos los 14 de julio, los galos y sus descendientes celebraban el inicio de la Revolución Francesa con la toma de la prisión de La Bastilla, dando libertad a los presos políticos y a muchos habitantes humildes de los suburbios parisinos, encarcelados por la monarquía. Lamentablemente, los festejos eran exclusivos para los hombres y allí abundaban, además de los regios vinos de la campiña occidental, banquetes exuberantes y partidas de naipes hasta la madrugada. Se disfrutaba de juegos como la “manille”, cuyo objetivo era la conformación de una pirámide numérica del palo elegido y, a la par, se disponía un baile de gala en otro recinto, además de la función de gala en el Teatro Colón.

Un poco más adelante en el tiempo, cuando aún continuaba celebrándose la fecha patria, aunque ya no con los bríos de antaño, se produjo el nacimiento de un niño que tendría una carrera futbolística increíble. Un 7 de febrero de 1939 llegaba al mundo Roberto Cirilo Marteleur, quien descollaría desde muy joven en los potreros del barrio Peralta Ramos Oeste y un poco más al sur también. Cuentan que, en su veloz carrera hacia la meta y en sus endiabladas gambetas, las plantas del pie no se apoyaban en el suelo, como si un sortilegio se hubiera apoderado de él.

Los diarios de la época solían evocarlo en las crónicas como “un ángel sobre la cancha” por esta extraña habilidad para sostenerse en el aire, en avances irrefrenables hacia el área rival. Los defensores de turno no podían detenerlo, ningún recurso les resultaba útil: un manotazo al pecho, una patada artera o una argucia del momento, eran irremediablemente inválidas para detenerlo. La explicación más común se expresaba en frases como: “el francés tiene un poder sobre natural, fíjate, no apoya los pies en el suelo”.

Su ascendencia y un apellido que no emite discusiones provocaba que así lo llamen en el ambiente del balompié. Roberto disfrutaba, como muchos jóvenes de aquellos años 50, del fútbol en los clubes de su barrio, más allá de la competencia oficial. A su turno, jugó para equipos locales, principalmente el Club Atlético Hipódromo, donde obtuvo las ligas “del Sud” y de “El Martillo”, además del “Torneo Nocturno de la Agrupación Quilmeña”, poco antes de su partida.

Desde el contexto europeo hizo ruido su extrema habilidad y no tardó en llegar el ofrecimiento del Olimpyque de la ciudad de Lyon, una institución joven que había nacido, apenas una década atrás, y no tardó demasiado en convertirse en uno de los clubes más influyentes. Y allí fue Marteleur, que tuvo suerte ambivalente en territorio francés: llegó a disputar un total de 14 partidos oficiales con la camiseta blanca, que porta una ve roja y azul sobre el centro del pecho. Fue presentado en diciembre de 1959, con tan sólo 20 años, y el debut contra el Toulouse terminó en derrota.

Las tres semanas que siguieron, desplegó sus voluntades y comenzó a hacer de las suyas con una tripleta de goles al Strasburgo, Sochaux y al Metz, aunque muy pronto, la aspereza del juego galo lo apagó en su estilo angelical, dentro de un equipo que poco lo ayudaba. Salvados del descenso en la anteúltima fecha, un amistoso posterior a la finalización del torneo trajo consigo otro hecho paradojal. Jugado en abril de 1960, en la Machine de Niévre, el Olympique triunfó 12 a 0, con un gol de Marteleur y cuatro conquistas de otro argentino: Ángel Rambert (padre del reconocido Sebastián Pascual), que solo jugó un mes para el equipo francés.

Marteleur voló 673 minutos en las canchas europeas y volvió, por un intento más, en la temporada 1963/64, sin la suerte añorada. Viviendo hoy en la ciudad que lo vio desplegar su magia en los potreros barriales, todavía muchas personas se acercan hasta su casa queriendo averiguar aquella magia paradisíaca que le permitía correr, o volar, sin apoyar los pies sobre el barro.

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“El club es el encuentro del barrio, no sólo deportivo, sino de lo social”.

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