Por los Profesores Eduardo Ferrer y Sebastián Ramirez

ColoColo fue el nombre de un destacado líder mapuche que, en el actual territorio chileno, libró una serie de batallas agrupadas bajo la denominación de “las guerras delArauco”, asumiendo la jefatura de todas las parcialidades.Reconocido por la literatura histórica como un ser físicamente dotado para medirse en batalla, cuerpo a cuerpo, con hasta cinco rivales a la vez, también se destacó por su habilidad en la oratoria y la gestión de la unidad entre los diversos pueblos. Fue, para la voz de la mayoría, incluso más preponderante que Lautaro y Caupolicán, dos loncos guerreros de destacada reputación.

Según una profecía trasandina, expresada por un religioso, ColoColo se reencarnaría en diversos seres que recorrerían las tierras del mundo. Acompañando este relato, en suelo chileno se multiplicaron las instituciones y los espacios públicos que se bautizaron con aquél nombre, entre ellos el reconocido club social y deportivo destacado en el balompié, fundado un 19 de abril de 1925.

Unos cuantos años más cerca del presente, la inmigración de los países vecinos se hizo sentir fuerte en la Argentina. Nuestra ciudad no fue la excepción y una importante cantidad de habitantes de la hermana nación cruzaron la Cordillera de Los Andes para conseguir mejores oportunidades de trabajo o de estudios superiores y desandar los caminos de la vida.

Guido Corrado Campolla fue uno de ellos, un inquieto inmigrante que se instaló con todas sus ganas en la costa atlántica para formar una familia y poner manos a la obra. De entre sus preocupaciones, surgió la necesidad de agrupar a sus compatriotas en alguna institución que los cobijara. Y así lo hizo, fundó junto a otros vecinos del barrio Florencio Sánchez, de su mismo país de origen, el ColoColo marplatense.

Asociado rápidamente a las ligas del Sud y El Martillo, pasó, al igual que muchos de sus rivales, a la naciente Liga Independiente Marplatense de Fútbol, desde mediados de la década del 60. Allí se agigantó el clásico que ya venía "picándose" desde hacía tiempo con Los Marplatenses, el "team" azulado de la avenida Peralta Ramos.Los días de clásico eran una verdadera fiesta: en la sede se vendían tantas empanadas de carne y vino de damajuana como en la celebración de la “Ramada” -la fiesta patria chilena que traía consigo varias jornadas de baile y juerga-.

Dicen propios y rivales que ver salir a los “colocolinos” a la cancha era un hecho sin precedentes. Recorrían los doscientos metros que separaban al club del campo de juego, entre un cordón de niños y niñas que los vitoreaban y llenaban de papelitos. Recordamos, los autores de este texto, que saboreando una espirituosa bebida en el Almacén La Gallega, la familia Pereira nos contó que era como ver ingresar al verde césped, al mismísimo Real Madrid de Alfredo Distéfano.

Y allí estaba el presidente, don Guido, siempre observando para que todo saliera según lo pautado sin que se le escape ningún detalle, como lo hacía cada día en el club. Sin embargo, en aquél título de 1974 y durante el clásico del torneo, ocurrió un detalle distinto que perduró como leyenda en los confines del barrio.

Jugadores y Comisión Directiva se juramentaron obtener el campeonato y le cedieron la palabra al presidente. Dicen que, al momento de hablar, su voz no era la misma, se había vuelto grave y arengaba como si fuera un líder guerrero. Incluso algunos aventuraron que las líneas de sus rostros se transfiguraron, y que su discurso se pareció más al de la resistencia mapuche, frente a la brutal invasión española, que al mensaje para un encuentro de fútbol.

Las estadísticas oficiales dirán que en aquél clásico ColoColo se alzó con el triunfo, luego el campeonato y más tarde repitió el título en dos oportunidades: 1975 y 1978. Muchos creen ver en aquél secreto, el indomable espíritu del cacique que poseyó a Corrado, al reconocerlo tenaz e inquebrantable en la resolución de los obstáculos.

Vaya nuestro homenaje a la inmigración de países hermanos, a trabajadores incansables que ayudaron al crecimiento de la ciudad, a los dirigentes que hacen por los clubes, a familias como Corrado, Pereira, Almonacid, que tanto hicieron por sus vecinos. Todavía, si te acercás a una foto de Guido, verás en sus ojos el brillo de un lonco mapuche.

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“El club es el encuentro del barrio, no sólo deportivo, sino de lo social”.

Sigamos protegiendo la historia y el presente de estos clubes.

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