Acostumbrado al brazo en alto, una costumbre y casi una constante en su carrera de 100 peleas como profesional, sintió bien cerca y fuerte la ovación que acompañaba al campeón aun cuando los guantes ya eran parte de su historia y una celda el destino que le esperaba por más de una década.

Al Carlos Monzón que fue ídolo en todo el mundo, el deportista argentino que entonces solo era superado por Juan Manuel Fangio, sus fanáticos lo aplaudieron hasta en su escala criminal, cuando el 14 de febrero de 1988 mató a su última pareja y madre de su hijo menor, Alicia Muñiz. Así lo entendió el tribunal, que el 3 de julio de 1989 lo condenó a once años de prisión.

Homicidio simple fue aquella vez, calificación que permitía el Código Penal. Hoy ese mismo caso sería interpretado como un femicidio y hubiese expuesto al ex boxeador santafesino a una pena de prisión perpetua.

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Protagonistas de aquel juicio, tanto desde el estrado como de los espacios reservados a querella y defensa, coincidieron durante estos últimos años que el denominado Caso Monzón visibilizó como ningún otro la violencia de género y abrió entonces un debate sobre la situación que vivían las mujeres.

Poco factible sería hoy, con nuevos parámetros para medir estas situaciones, justificar que la condena a Monzón tuvo como atenuantes la violencia que viajaba con él desde su infancia. A criterio de los jueces, el desenlace trágico de la relación que tenía con Muñiz es producto de una vida durísima: una niñez y adolescencia durante las que convivió con el maltrato; los golpes sobre el ring que lo sacaron de la pobreza hasta convertirlo en ídolo y una distancia final con el deporte que lo llevó hasta a matar a la mamá de su hijo.

Esa loca carrera le permitió abrazarse con la gloria, trepar hasta los peldaños más altos de la fama y transitar espacios inimaginables: se codeó con el jet set europeo, compartió veladas con poderosos empresarios, se hizo amigo íntimo de Alain Delon y hasta fue actor de cine. “La Mary”, con Susana Giménez, desde allí su pareja, le abrió el camino para participar luego de otros rodajes.

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Desde allí le esperó un sendero cuesta abajo. Porque ya retirado, lejos de los guantes, incómodo para ubicarse en el rol de entrenador que tanto le admiró y no supo copiar de Amílcar Brusa, su destino fue la noche y sus vicios. El alcohol, el cigarrillo y las mujeres.

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Alicia Muñiz se le cruzó en el camino. Parecía una relación estable que prometía afirmarse desde que tuvieron a Maximiliano, el único hijo de la pareja. Pero las cosas no fueron como soñaron. Monzón siguió a su ritmo y el vínculo se rompió. Se seguían viendo cada tanto, un poco para discutir y otro para intentar recomponer. Así llegaron hasta Mar del Plata ese verano de 1988. Y a la casa de la calle Pedro Zanni esa madrugada del 14 de febrero, justo en Día de los Enamorados. Fue el fin para Muñiz. El principio del fin para Monzón. A su velatorio, el 8 de enero de 1995, asistieron más de 60000 personas que lo vivaron y aplaudieron. Allí yacía el femicida. Al que le seguían levantando el brazo como un campeón.

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