Esta historia increíble arrancó en un taxi que manejaba cuando tuvo que llevar a una pasajera alemana interesada en conocer los bosques de Palermo. Y terminó varios años después en la provincia de Chubut, allá en el límite de la cordillera de Los Andes, con aquel chofer ahora al frente de una chacra de ensueño donde produce vinos de exportación.

Y entre ambos puntos de esa fantástica línea de tiempo, un recorrido inesperado con esos toques de fortuna que, cual varita mágica, cambian todo para siempre. Sergio Rodríguez supo ver esos destellos del destino que lo llevaron a esta vida al pie de las montañas, en Trevelin. A orillas de un arroyo de encanto y entre vides deliciosas que sembró y crecen donde nadie lo imaginaba.

Allí elabora los vinos Nant y Fall, premiados, con reconocimiento internacional y nacidos en tierras donde esa industria era desconocida. Y con sabores tan propios que ameritaron un reconocimiento oficial que desde agosto los distingue de otros similares producidos en el país.

nant y fall 5.jpg

Aunque todo arrancó bastante antes, cuando terminado el secundario se fue de Mar del Plata a Capital Federal detrás de dos pasiones: quería ser chef y maestro de escuela. La primera muy cara, casi exclusiva y excluyente para tantos. En cambio el camino a la docencia se abrió más fácil, en el Instituto Superior Mariano Acosta.

Pero cocinar era un sueño que Rodríguez no pensaba resignar. Por eso no dudó cuando le ofrecieron un techo amarillo para ganarse la vida entre el tránsito porteño. Eran ingresos para la cuota del curso. Y en una esquina de ese infierno vial porteño lo esperaba la oportunidad que no iba a desaprovechar.

El viaje que cambió todo

Subieron un hombre y una mujer. Ella, luego se enteraría, era productora de Telematch, aquel programa de originales juegos al aire libre emitido por la televisión alemana que los mayores de 45 recuerdan como uno de los entretenimientos más esperados previo al almuerzo de cada domingo.

“Tranquilo, le voy a cobrar lo que corresponde, ni un peso más”, le dijo al pasajero que se bajó antes y temía alguna picardía a la hora de ponerle precio final al viaje. Rodríguez no solo la llevó hasta los Bosques de Palermo. Se ofreció a acompañarla a pie para que los conozca mejor. Agradecida, la mujer le pidió sus datos. “¿Le gustaría ser chofer para alguien?”, lo tentó.

El llamado llegó unos días después. La oferta era para estar al servicio de alguien a quien conocía por su trascendencia: el pianista Bruno Gelber. Le propusieron estar al volante de su auto, pero pronto se convirtió en su colaborador más cercano, hombre de confianza y –vaya si lo disfrutaba- su cocinero.

nant y fall 1.jpg

“Bruno me brindó la posibilidad de viajar por el mundo, estudiar cocina, conocer los mejores lugares para comer y hacer pasantías en restaurantes emblemáticos, como el ´Hipopotamus´, de Francis Mallmann”, contó a Ahora Mar del Plata. Fue, reconoce, una gran etapa de su vida aquella al lado del gran artista.

El regreso a Mar del Plata

Hasta que se independizó. Graduado en el Instituto Argentino de Gastronomía, volvió a Mar del Plata. Entonces ya tenía algunos sueños cumplidos: era chef y maestro. Trabajó aquí en cocinas de lujo, estuvo a cargo de eventos exclusivos y desarrolló un complejo de cabañas en el Bosque Peralta Ramos: Are Hue. Fue un éxito.

“Gastronomía y turismo me gustaron siempre”, cuenta sobre una primera escala de esa conjunción de rubros que luego plasmaría en la Patagonia. A la que llegó de vacaciones y en la que encontró un paraíso: Trevelin, en Chubut. “Supimos que ahí estaba nuestro lugar”, dijo de lo que fue el principio de una gran decisión familiar.

Vendieron el complejo y compraron allá una chacra de casi cinco hectáreas. Se habían enamorado del paisaje y la calidad de vida, con esa comunidad forjada por la migración galesa, pioneros de una cultura que se refleja hoy en el nivel educativo de los habitantes de la zona.

nant y fall 4.jpg

Tenían las tierras cruzadas por el arroyo Nant y Fall, con un recorrido serpenteante y cinco saltos maravillosos. Lo que no tenían claro era qué iban a hacer allí. “Cuando Dios hizo el mundo nos guiñó un ojo y nos tiró todo esto”, afirma.

Eliminaron la mosqueta a pico y pala, cables de acero y un tractor. Y en plena limpieza se iluminó el camino: tiró la sangre de sus abuelos italianos, productores de vino antes de emigrar hacia América. El viñedo era una cruzada difícil, pero se la cargaron al hombro para desandar el camino.

“El vino guarda el trabajo de familia, somos tres generaciones en el microemprendimiento todos los días”, insiste Rodríguez y disfruta de estar trabajando con sus padres, Maura y Rodolfo, y su hijo, Emmanuel. “Fue la mejor de todas las cosechas que hemos tenido”,reconoce sobre esta flamante dinastía de vitivinicultores.

nant y fall 2.jpg

Entonces, paso a paso. Hubo estudios de prefactibilidad. Con viveros de Mendoza midieron opciones para producir varietales de clima frío. Eso demandó, durante un año, medir temperaturas máxima y mínima cada día. Del resultado surgió que era posible, pero había que controlar las heladas, que incluso pueden aparecer por allí en pleno enero.

Había que evitar que las marcas bajo cero impactaran sobre el cultivo y lo lograron con un sistema de microaspersión. Se activa con temperatura por debajo de un grado y genera una capa de hielo que oficia como aislante del frío más intenso. “Es como un iglú para un esquimal”, resume Rodríguez de un mecanismo computarizado, complejo y eficaz que, además, redunda en beneficios de aroma y color para esas uvas y los futuros vinos.

Con orgullo cuenta hoy que en cinco cosechas ya acumularon 11 medallas con distinciones por la calidad del fruto de tanto sacrificio. Las primeras botellas asomaron en 2016. Y hoy están en los mejores restaurantes argentinos y de varios países.

Viñas del Nant y Fall hoy tiene tres bodegas, siete viñedos y tres marcas de vino propias. Tienen sus rojos en el pinot noir, que llevan al rosado, blanco y un reserva a partir de algunos cambios en el método de elaboración. Y los blancos deleitan: producen variedades riesling, gewurztraminer y sauvignon blanc.

nant y fall.jpg

El Instituto de Vitivinicultura acaba de reconocerle IG propio a estos viñedos. Significa reconocer a esta zona productiva de Chubut con suelos, clima, formas y métodos que hacen que sus vinos tengan una expresión distinta y única a otros que se producen en otros destinos.

Rodríguez disfruta estos logros, que son más. Porque además de los vinos pudo generar en el mismo espacio un gran emprendimiento agroturístico desde el mismo momento en que arrancaron aquello que parecía una utopía. “Los vecinos venían a ver de qué se trataba lo que intentábamos”, recuerda.

Hoy los viñedos son un circuito turístico .Los visitantes piden visitas guiadas, que ahora brindan con un sistema de audio similar al del Museo del Louvre. Generaron para alojamiento al paso que convirtieron a Viñas del Nant y Fal como el lugar más votado por quienes se mueven y vacacionan en motorhomes por América Latina.

nant y fall 3.jpg

También ofrecen camping, gastronomía, eventos y pesca deportiva, con truchas y salmones que disfruta cocinar para sus clientes, mientras participan de alguna cata de sus mejores vinos. “¿Cuál elijo? El gewurztraminer explota en aroma”, responde sin dudar sobre el favorito de sus bodegas.

Ni en sueños se le habían cruzado estos años de productor vitivinícola. Sí sabía que su vida debía derivar por algún lugar donde se cruzaran el turismo y la gastronomía. Esa esquina está a orilla del arroyo Nant y Fall que, cuando lo vio por primera vez, sí tuvo una certeza: “Supe al instante que en ese lugar iba a pasar muchos años de mi vida".

Comentá y expresate