Por Ricardo Juan

rjuan@ahoramardelplata.com.ar

Martin Roubicek y su hermana Doris todavía recuerdan el último día que vieron a su abuela paterna. Fue en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis se la llevaron a Birkenau, un campo de concentración del que nunca más volvió. Doris tenía 5 años, Martin 12. Vivían en Praga, dentro de la antigua Checoslovaquia, y ambos eran conscientes del horror.

Hoy Martin tiene 89 años y días atrás fue nombrado “Ciudadano ejemplar” por el Concejo Deliberante. La persecución nazi no logró quebrarlo. Después de la guerra, su familia entendió que Europa no era un lugar para vivir en plenitud y, tras llegar a la Argentina, Martin construyó de a poco su huella indeleble dentro de la medicina. “He pasado dificultades, sí, pero he tenido una vida bendecida porque he podido sobrevivir rodeado de mucho amor”, cuenta, con gran lucidez, siempre al lado de Doris y de su esposa Ruth, atentas para dar apoyo al relato histórico en la charla con Ahora Mar del Plata.

“Me salvé de muchas cosas terribles”, reconoce Martin, que a los 14 años estuvo en un campo de concentración. “Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial yo tenía 9 años y cuando terminó tenía 15. Nuestra familia estaba perseguida. Primero en nuestra casa, que era una empresa textil. Teníamos una casa grande y un parque grande, todo muy cómodo. Después, poco a poco, las cosas fueron empeorando y la persecución fue cada vez más intensa. Para nosotros, los chicos, lo peor era que no podíamos ir a la escuela. Mi padre era gerente en la empresa y lo limitaron bastante hasta que al final nos expulsaron de la ciudad y nos mandaron a un departamento limitado, hacinados. Mi padre era judío pero mi madre era católica, lo que nos permitió sobrevivir”, recuerda.

Al rememorar los tiempos del terror, Martin señala que “estábamos limitados, pero no totalmente restringidos. No había escuela, no se podía salir de la ciudad sin permiso de las autoridades y nos quedamos sin trabajo. Mi padre pasó a tener un trabajo asignado por las autoridades nazis. Y aunque estaba totalmente prohibido para los no judíos darle ayuda a la gente judía, hubo muchos que se arriesgaban y nos proveían”.

En el penúltimo año de la guerra, a Martin lo enviaron junto a su padre al campo de concentración de Terezín, un pueblo ubicado a 61 kilómetros de Praga. “Era el campo de distribución checo y no era de exterminio. De ahí mandaban gente a Auschwitz y a otros campos polacos y alemanes, a trabajos forzados y a exterminación. Me asignaron un hogar de chicos. Y a mi padre lo mandaron a trabajar a una panadería. Al menos algo se podía comer, aparte de lo que asignaban, que era una sopa con algo de papa o alguna verdura”, describe.

“En el final de la guerra estábamos allí mi padre, yo, la hermana de mi padre y sus dos hijas. Ellas trabajaban en el campo y cultivaban. A mí me tocaba cuidar las vacas y los bueyes. Mi tío, lamentablemente, falleció en algún campo de concentración. En el hogar estudiantil éramos 9 muchachos y yo fui el único que quedó en Terezín. Los otros 8 fueron enviados a otros lados y, de esos 8, uno solo, que yo sepa, sobrevivió”, lamenta Martín. “Éramos todos conscientes de que era un peligro y en ese campo no había disponibilidad de cosas. Pero el terrible peligro era que fuéramos enviados a otros campos que eran de exterminio. En realidad se sospechaba que eran de exterminio, no se sabía. Ellos decían que era un campo de trabajo…”, agrega.

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Martín, junto a su hermana Doris (izq) y su esposa Ruth (der).
Martín, junto a su hermana Doris (izq) y su esposa Ruth (der).

“Estudié castellano en el barco hacia la Argentina”

Sin demasiadas posibilidades de progreso en Europa, y con la amenaza latente de una Tercera Guerra Mundial, los padres de Martín decidieron partir con destino a Sudamérica. Un tío de Martín, instalado en Buenos Aires, le consiguió trabajo a su padre. Así, una vez que consiguieron la Visa, se embarcaron hacia la Argentina. “Realmente Argentina para nosotros era el futuro. Y así lo reconozco 70 años después. Si ahora tendría que pensar a qué país quisiera ir, no preferiría ningún otro lugar. Y nuestros hijos menos, son muy argentinos. Tengo 3 hijos y 9 nietos propios y 5 nietos de la familia adoptiva”, asegura Martín.

Después de sobrevivir a la persecución nazi, la barrera del idioma resultó un obstáculo menor para Martin. “Yo había tenido francés en la secundaria checa. Hasta inclusive tuve la dicha de estar unos 15 días en Francia, en una reunión de boy scouts. También vivimos una semana con una familia francesa, de París. Saber francés me ayudó mucho para el castellano. Al castellano lo estudié mientras viajábamos en barco de Génova a Buenos Aires. A los 15 días de estar en la Argentina, la familia me consiguió un trabajo en una fábrica. Ahí trabajé un año con gente que hablaba sólo castellano, entonces no me quedaba otra y aprendí. Igual, hace 70 años que estoy acá y todavía se me nota mi idioma de origen”, explica.

-¿Por qué eligió estudiar medicina?

-Cuando llegué a la Argentina pude terminar el secundario y tenía que decidir qué era lo que iba a hacer, si estudiar o trabajar. Yo me inclinaba hacia estudios universitarios si se podía. Había trabajado un año en la fábrica mientras estudiaba el secundario y mis padres me ayudaban. En ese momento les daba clases particulares a chicos que tenían problemas en alguna materia y con eso podía costearme parte de mis gastos. Podía elegir y me gustaban las ciencias exactas. Estaba entre física y astronomía. La medicina me atraía también, aunque no tenía ningún pariente cercano que haya sido médico, solamente un tío abuelo, pero no tenía contacto con él. Me quedé con la medicina, porque yo sentía que las ciencias exactas me hacían trabajar solo, aislado de la gente. Y yo quería ayudar a la gente de forma más directa. Muchas veces me preguntaba si tenía las condiciones adecuadas.

-¿Por qué?

-Me faltaba una buena preparación psicológica o sociológica para dedicarme a la medicina. Eso lo fui aprendiendo, poco a poco. No estoy muy satisfecho con mi cursada de medicina, tal es así que, cuando me recibí, yo no me sentía en condiciones de atender un consultorio ni de enfrentar a gente que me consultaría. Ahí sí tuve una ayuda de esa misma tía que me ayudaba mucho en el campo de concentración. Ella estaba en Estados Unidos y me consiguió, a través de un médico amigo, unas residencias de internados y de un hospital pequeño, de pueblo, cerca de Nueva York. Estuve un año ahí y, como me fue bastante bien y podía tener de qué vivir porque me pagaban algo, me fui a otras residencias y al final estuve 4 años en Estados Unidos. Aunque me ofrecieron quedarme allá, volví a la Argentina. Buscaba trabajo y no conseguía nada (risas). Yo quería entrar a algún hospital o en alguna clínica, porque me volví un especialista en Diabetes, que es algo muy común. Pero acá si quería ir como un diabetólogo a algún hospital, me consideraban un paracaidista.

-¿Cómo logró insertarse?

-Empecé a ir como concurrente y hacía trabajos de médico de guardia en algunos lugares. Fui jefe de residentes del Hospital Ramos Mejía, de Buenos Aires. Tampoco estoy tan satisfecho con mi jefatura, porque hace falta más experiencia en medicina de la que yo tenía. Algunos residentes inclusive me cuestionaron eso, pero hice lo que pude.

-¿Después de esa experiencia se fue a trabajar a Bolivia?

-A los 33 años ya estaba de novio con mi señora. Nos conocíamos de antes, porque éramos amigos. Después de la jefatura en el Ramos Mejía me llegó una invitación de Bolivia, porque con mi señora estábamos en una iglesia evangélica en Buenos Aires, es la iglesia Metodista. Esa iglesia necesitaba un médico clínico en hospital chiquito de La Paz. Era por un tiempo limitado y había que encargarse de los pacientes internados. Era el único ofrecimiento concreto que yo tenía en esa época. Me acuerdo que era el año 1964, estábamos sentados en la casa de mis padres con Ruth, y decidimos casarnos e ir a Bolivia casados. Era por un año y lo alargamos. Y mientras estábamos en La Paz, yo ya sabía que en Mar del Plata se empezaba a construir un hospital modelo, privado (NdeR: el Hospital Privado de Comunidad), porque el esposo de mi hermana era arquitecto del grupo que estaba haciendo el proyecto del hospital. Y ese grupo buscaba gente que quisiera asociarse para un futuro hospital que funcionara como un hospital privado pero con reglas de medicina moderna y con limitaciones. En ese momento, la limitación principal era que no se cobraban aranceles extraordinarios y exorbitantes, sino que el arancel mutual más un 20%. Eso me gustaba, entonces nos vinimos de Bolivia. En Bolivia nació nuestra primera hija y en Mar del Plata nuestros siguientes dos hijos. Los 9 nietos son todos marplatenses.

-¿Cómo continuó su carrera en Mar del Plata?

-Trabajé en el hospital de Comunidad durante más de 30 años. Antes también trabajé Ad Honrem en el viejo Hospital Mar del Plata, que ahora es el Materno Infantil. Trabajé en el servicio de Endocrinología, bajo la jefatura del doctor Estévez Poggi. En el hospital privado me dediqué full time en endocrinología y después en genética. Me jubilé en 2003 y entré a la facultad a través del doctor Zanier, que era profesor de Biología en la facultad de psicología. Entré a ser su ayudante, después fui jefe de trabajos prácticos y después, en otra materia, llegué a ser profesor”

- En 2016 se abrió la carrera de medicina en Mar del Plata, con un enfoque interdisciplinario. ¿Cómo observa esa cuestión?

-Yo lo veo muy bien, sin conocer los detalles. Lo bueno es que tenga un enfoque más amplio desde lo social. Lo que me preocuparía es que por darle énfasis a algún aspecto se olvidara lo médico. Porque podría ser una especia de medicina ambigua, no suficientemente seria. Pero por los datos que tengo, y por gente que está cursando, está bastante bien orientado y tiene un buen programa. Tengo dos hijos médicos y tienen una muy buena opinión sobre esa carrera.

-Es la carrera con más inscriptos en la ciudad…

-Eso me preocupa un poco, porque los médicos en Mar del Plata tenían una fama de ser muy comerciales y de estar orientados a pacientes que puedan pagar honorarios altos. Y esta carrera es todo lo contrario, es más a nivel social y los hospitales tendrían que estar más orientados a lo social. Yo a eso no lo he vivido, porque durante mis estudios de medicina, no se enfatizaba demasiado en eso. Pero para mí es fundamental, porque no importa de dónde sea el enfermo, uno lo tiene que atender igual. En mis primeros años en Mar del Plata como médico privado, yo estaba en un barrio sencillo, como el Jorge Newbery. Era el único médico del barrio. La mayoría de los pacientes tenían mutuales, de Ioma, de Empleados de Comercio y demás. Yo los atendía con bonos de mutuales. Ganaba poco pero podía vivir. Yo no soy tan propenso a la medicina elitista, y eso que genética es medio elitista…

--¿La genética es lo que más le gusta?

- Me gusta porque es algo muy novedoso y es fascinante. Pero nos lleva a otra cosa, que me fascina, que es la bioética. Yo tuve la dicha de pertenecer al Comité de Bioética del Hospital Privado, que fue uno de los primeros comités de ética hospitalaria de la Argentina, dirigido por gente realmente seria y buena. Aprendí mucho del profesor Bainetti, de La Plata, quien fue nuestro visitante frecuente y es amigo. En la facultad de medicina lo están enseñando desde el primer año. La conducta ética, para nosotros que estamos en una iglesia cristiana, tiene mucho de parecido. Uno actúa porque está bien, porque corresponde, y porque se trata del trato con otros. ¿Por qué soy un ciudadano ejemplar? No lo sé.

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