Que la “Madre Tierra” o la Pachamama tengan nombres femeninos parece una casualidad. Pero a poco de indagar el rol que les cupo históricamente a las mujeres en defensa del ambiente, se advierte una especial conexión.

Con distintas perspectivas y repercusión, la realidad exhibe su compromiso con las distintas problemáticas ambientales. Desde Greta Thunberg, la niña sueca que logró poner en foco mediático la inconstancia y superficialidad del debate por el cambio climático en la agenda política global, gestando un genuino “call to action” (CA), pasando por celebridades como Jane Fonda y Brigitte Bardot (una intensa “animalista”) hasta aquellas mujeres anónimas que en distintas latitudes respetan y preservan el entorno, existe un activismo ecológico con tendencia de género.

La ecología política feminista (EPF) se ha convertido en un campo expansivo y abierto que abarca diversas teorizaciones acerca de las relaciones sociales de poder asociadas con la naturaleza, la cultura y la economía. Y aunque es ajeno al objetivo de estas líneas situarnos en un estandarte, queremos mostrar cómo desde diversos ángulos el aporte femenino es y ha sido sustancial.

Son miles las mujeres que trabajan cultivando la tierra; son ellas las que, por las divisiones existentes de trabajo del hogar y los derechos diferenciales a los recursos entre hombres y mujeres, se ocupan de estos quehaceres. Desde recoger agua para cocinar y limpiar, utilizar la tierra para la ganadería,

buscar comida en los ríos y arrecifes, y recolectar leña, las mujeres en todo el planeta utilizan e interactúan con los recursos naturales y los ecosistemas diariamente.

En lo que hace a la judicialización de las causas ambientales, en Argentina podemos citar el emblemático caso “Mendoza, Beatriz Silvia y otros c/ Estado Nacional y otros s/ daños y perjuicios” sobre daños derivados de la contaminación ambiental del Río Matanza – Riachuelo, que arribó a un histórica sentencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación en julio de 2008, que determinó la responsabilidad del Estado Nacional, Provincial y Municipal, por el altísimo (escandaloso) grado de contaminación de las aguas, condenando a la Autoridad de Cuenta a elaborar un Plan de Saneamiento con control presupuestario de la Auditoría General de la Nación y participación ciudadana a través del Defensor del Pueblo.

Este juicio, sin dudas el más representativo en la materia, lleva el nombre de una de las vecinas intervinientes, que tuvo el coraje de deducir un reclamo en principio amorfo, que la Corte supo ir ordenando cuando todavía no había precedentes de procesos colectivos de semejante envergadura en nuestros tribunales, y continuarlo hasta obtener una decisión de fondo.

Por otra parte, las mujeres están realizando grandes progresos y los gobiernos recurren cada vez más a su experiencia y liderazgo cuando deben adoptar decisiones importantes relativas específicamente al medio ambiente o que indirectamente lo conciernen, como aquéllas económicas que generan un “pasivo ambiental” imposible de compensar. Proponen una visión integral en el diseño de políticas públicas, que cambie el modelo “extractivista” de los bienes ambientales (hasta agotarlos), por otro que permita conservar “produciendo”.

Sin embargo y como contracara de la misma moneda, hay una victimización particular en las mujeres, junto a otros grupos vulnerables, en la asignación de los recursos. La “discriminación socioterritorial” y la “desigualdad ambiental” suelen maridarse en aquellas comunidades más pobres o minorías raciales que están asentadas en localidades contaminadas, o trabajan en sitios de baja calidad ambiental o riesgosos, con afectación de su salud.

En estos casos, el contexto adverso sumado a asimetrías de poder, suelen desembocar en injusticias ambientales para los grupos más pobres, vulnerables o minorías raciales.

También son las primeras en sentir los efectos del cambio climático cuando deben recorrer distancias cada vez más largas para encontrar lo que necesitan para alimentar a su familia. Es claro que aun cuando la degradación medioambiental tiene graves consecuencias para todos los seres humanos, afecta en particular a los sectores más vulnerables de la sociedad, principalmente las mujeres, cuya salud es más delicada durante el embarazo y la maternidad.

Por último, suelen ser especialmente afectadas por las catástrofes naturales, por lo mismo que se viene diciendo: su papel de proveedoras, de cuidadoras de familiares, de personas mayores y enfermas a cargo; a lo que añadimos, objetivamente, su mayor fragilidad física.

De acuerdo con la teoría del desarrollo de Erik Erikson (1950), la “generatividad” se define como el interés por guiar y asegurar el bienestar de las siguientes generaciones y, en último término, por dejar un legado que nos sobreviva.

Que la experiencia femenina, nuestra especial manera de “encarnar” esta cualidad, sirva de semblanza. Para que no sea un atributo exclusivamente femenino.

Mariana Catalano es jueza de la Cámara Federal de Salta y socia de Asociación de Mujeres Jueces de Argentina (AMJA).

Comentá y expresate