"No solo no hubiéramos sido nada sin ustedes, sino con toda la gente que estuvo a nuestro alrededor desde el comienzo; algunos siguen hasta hoy. ¡Gracias totales!", acaba de decir Gustavo Cerati, hace solamente 20 años, poniéndole fin a la banda argentina más famosa del mundo.

Parece una eternidad pero, como indicó otro legendario músico nacional, en realidad no es nada. Y en el medio, pasó de todo: hasta la misma vuelta breve de Soda Stereo, en 2007, con una mítica gira conmemorativa por toda América, la muerte de Cerati, y la propia decadencia absoluta del rock en español y del rock en general.

Hace poco, Walas, el cantante de Massacre, opinó que esa expresión artística fue en la segunda mitad del siglo XX como una bomba que hizo temblar a la sociedad, y que ahora es sólo una bomba de juguete con muchos sponsors. Sin saberlo, tal cita así como la de Cerati, esconden una verdad idéntica: el rock es la sublimación de un sentimiento social.

Soda Stereo no hubiera sido nada sin el contexto político y artístico de los '80-90 que motivó su crecimiento y su explosión internacional, como nunca había ocurrido ni posiblemente ocurra de nuevo con una banda argentina. Si hasta un terremoto sacudió a México por ese entonces, al igual que durante esta semana, mientras los tres jóvenes con raros peinados nuevos cantaban "El Temblor". Y se volvieron ídolos: fue una revolución en la mente de los centroamericanos, ávidos de contención y fuerza psicológica. Tal vez, hoy Soda no surgiría, y si surgiera, no sería lo mismo.

La música, como toda expresión artística, no escapa a las realidades sociales. Por el contrario, se nutre ellas. Y a eso apunta Walas cuando dice que hoy el rock se vale más de sponsors que de sustancia. No hay rebeldía. Porque la sociedad se vale más de la imagen que otro tiene de cada uno que de lo que realmente es. Todo es virtual, y el arte, aunque debiera sí o sí hacerlo, muchas veces no puede escaparse de eso. Es como si no hubiera contra qué rebelarse, o como si estuvieran neutralizados los rebeldes. Como si todo hubiera sido ya inventado. Y mucho más si se tiene en cuenta que detrás existen intereses comerciales que pugnan constantemente por erigir "artistas" sin importar mucho con qué argumentos. No es más que la repetición de lo que ocurre en muchos aspectos de la vida actual, no sólo en el musical.

En medio del advenimiento de las nuevas tecnologías -que sin dudas democratizan la cultura más que nunca si se utilizan bien-, con las bandas más famosas separadas, y con el boom del reggaetón, la cumbia y el "rock chabón", al ego -impecalemente justificado- de Cerati se le cruzó volver a demostrarse a sí mismo que estaba por sobre todo eso. Y en 2007, justo en la mitad entre el pasado y este presente, aceptó reunir a Soda Stereo. Y el grupo sonó incluso mejor que en sus mejores épocas.

El resultado de la misión cumplida fue un big bang que duró dos meses, y del que pronto se cumplirán diez años. Y como si todo fuera matemática -el líder del talentoso trío era un gran fanático de la numerología-, la escena cuadró a la perfección. Después la gira "Me verás volver" quedó claro que nada en el rock volvería a ser como había sido. Y vale decir en el rock porque -no es sabido, como él mismo lo dijo en la conferencia de prensa-, Cerati detestaba el término "rock nacional". No lo entendía. Le parecía reduccionista y creía no merecer ese destrato. Tenía razón.

Si bien ese entonces ya había empresas peleándose por sponsorear la vuelta y solamente por mera conveniencia, lo cual ni siquiera le mojaba la oreja al afamado artista, los tres músicos se encargaron de explicar que el retorno no tenía nada que ver con el dinero. Lo repitieron hasta el hartazgo y hasta se rieron de los que pensaban que esa era la razón. Se sintieron tal vez anacrónicos. Porque claro, ya todo era distinto. Hoy, por ejemplo, al común de la gente no se le ocurriría cuestionar si un grupo se reúne por unos cuantos millones. O si un jugador de fútbol se va a un equipo insignificante por unos cuantos millones. Lo considera lo lógico, lo normal. El ciudadano medio lo disfruta o lo envidia, pero algo tiene claro: si estuviera en ese lugar también lo haría.

La mayoría hace todo por plata. Pero hubo una época, sobre todo en la música, en que las cosas no fueron así. Y el arte no se medía por likes o visitas, sino por piezas únicas que materializaban estos talentosos y expresivos analistas del mundo. Casi todos los exponentes del rock eran verdaderos artistas, aunque siempre hay excepciones. Lo que ocurre actualmente es que son las excepciones las que más se acercan a una visión verdadera de lo que debería ser lo correcto, y no al revés: la norma son los comerciantes que se hacen pasar por artistas.

Ya nada puede ser lo que fue, porque el tiempo se mide en línea recta. Para adelante y nunca para atrás. Nadie sobrevive en el pasado. Y si bien siempre hay que estar expectantes a futuro, renegando lo menos posible, también se puede agradecer por lo anterior. Por haberlo visto. Por haber oído y sentido lo que terminó, por poner una fecha cualquiera, el 21 de septiembre de 1997.

Y eso representa lo ocurrido esta semana, entre recuerdos y tantas muestras de cariño, a 20 años de "El último concierto". Eso representa el "Gracias totales" que algún fan repite hoy al aire, simulando que Cerati o cualquier otro ídolo de antaño encarnado en canción inmortal, escucha desde algún lugar lejano del universo.

soda stereo el ultimo concierto.jpg

Comentá y expresate