Por Ricardo Juan

Los hinchas de Peñarol habían esperado durante mucho tiempo una noche como la del martes 25 de mayo de 2010. Ya se les había escapado el festejo dos veces por muy poco: en 2007 ante Boca y en 2009 frente a Atenas. Pero esta vez era distinto. Había un aura ganadora, un instinto asesino que se percibía. Esta vez, Leo Gutiérrez estaba de su lado. Martín Leiva también. Esta vez, no se podía escapar.

Poco pudo hacer Atenas frente al Peñarol más contundente de la historia. Esa noche, el equipo marplatense ganó 80 a 60 ante un Polideportivo colmado, liquidó la final 4 a 1 y se tomó revancha. Fue la frutilla de una temporada única, en la que además ganó el Super 8, la Liga de las Américas, el Torneo Interligas y los 7 clásicos ante Quilmes, que descendió al TNA. Como si eso fuera poco, el entrenador de Atenas era Oscar “Huevo” Sánchez, un histórico rival.

"Leo Gutiérrez- Leiva era la mejor pareja de internos que podías tener en la Liga. No había otra pareja más ganadora. Apenas los ficharon, yo dije: 'Ahora tiene que pasar algo raro para que no ganemos la Liga’”. Diez años después, Sergio Hernández confesó en un vivo con la cuenta de Instagram del club lo que tenía muy claro en su cabeza antes de esa temporada. Con el liderazgo de Gutiérrez (consiguió el séptimo de sus 10 anillos en esa temporada) y el poderío de Leiva, el equipo sumó la jerarquía que le faltaba para volver a conquistar el título que había logrado por primera vez en 1994.

Después un difícil comienzo para Leiva, cuestionado por algunos gestos en viejas batallas, cuando ese Peñarol encontró funcionamiento, desfiló. Siempre jugó con un solo extranjero: empezó Brian Woodward, lo reemplazó Michael Jones (campeón del Súper 8) y terminó con Kyle Lamonte, determinante desde la final de la Liga de las Américas ante Halcones de Xalapa. “Tato” Rodríguez, Marcos Mata, Gutiérrez y Leiva completaban el quinteto titular. Facundo Campazzo, ese pibe desfachatado, le ganó la pulseada a un consagrado Raymundo Legaria como base suplente. Sebastián Vega, Alejandro Diez y Alejandro “Colo” Reinick aportaban lo suyo desde el banco.

peña campeon 2010.jpg
Foto: Prensa Peñarol
Foto: Prensa Peñarol

El equipo tenía el sello de Sergio Hernández: defensa con presión para provocar errores en el rival y mandarlo a un plan B (Mata se encargaba de “secar” al mejor perimetral), aprovechamiento del ataque rápido y secundario; y capacidad de generar ventajas en el 5 contra 5 a partir de una variedad de recursos: el dominio interior de Leiva, las penetraciones de Lamonte, la capacidad ofensiva de Gutiérrez, buena ocupación de espacios y una gran cantidad de tiradores confiables.

Fue la noche del "vamos por más” de Leo Gutiérrez. El insaciable líder sabía que se trataba del comienzo de una era gloriosa, que terminaría en un tricampeonato histórico. Fue la noche del brindis más dulce de Domingo Robles, el dirigente soñador que suele conseguir lo que parece imposible.

Pasaron 10 años. Leo Gutiérrez ya no juega más y dejó el club tras salvarse del descenso en su primera experiencia como entrenador. En ese rol, dirigió a Leiva y tuvo que "cortar” a Lamonte, enojado con su excompañero en una época de vacas flacas. San Lorenzo se metió de lleno en el básquet y ganó cuatro Ligas seguidas con Mata como figura. Campazzo fue papá, se transformó en el mejor base de Europa y, junto al interminable Scola, acaba de llevar a la Selección Argentina a un subcampeonato del mundo. Hoy, una pandemia sólo permite ver básquet por Internet. Qué mejor que entrar a Youtube y poner “Peñarol campeón 25 de mayo de 2010”.

Comentá y expresate