Por los Profesores Eduardo Ferrer y Sebastián Ramirez

Robert James “Bobby” Fisher fue uno de los ajedrecistas más reconocidos de la historia internacional al alcanzar el número uno del ranking mundial en el año 1972, y defender ese lauro hasta 1975. Se convirtió, además, en ícono americano de la etapa que se conoció como “guerra fría”, caracterizada por el enfrentamiento entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que no llegó a decantarse en un conflicto bélico armado entre las dos potencias, pero que tuvo diversas escaladas de violencia con las naciones satélites.

El deportista “yanqui” fue estandarte de aquél sueño del bloque capitalista ganándole la “partida del siglo”,al por entonces campeón mundial de origen ruso: Boris Spassky. Lo que jamás imaginó Fisher fue que, algunos años antes, viviría un momento de zozobra en la ciudad de Mar del Plata frente a un joven de 15 años, aficionado a la actividad, que casi termina en derrota estrepitosa.

Nacido en marzo de 1943, en la populosa ciudad de Chicago, se destacó rápidamente por su habilidad para el deporte ciencia, al que comenzó a jugar con tan sólo 6 años. A los diecisiete, ya como Maestro Internacional, su carrera profesional lo depositó en la costa bonaerense del Océano Atlántico para participar de un certamen ecuménico. Transcurría 1960 y el futuro campeón mundial pisaba suelo local para verse atraído por las bondades de la “perla del Atlántico”.

Algunos paseos por el centro de la ciudad, compra de pantalones de jean similares a los de su país y que recién aparecían a la moda en el nuestro, regias visitas gastronómicas y escapadas a Sunset o Yeye, “boites” de renombre para la época, formaron parte de las actividades que el deportista desarrolló en su visita. Los seguidores ajedrecísticos sostuvieron que tanto ajetreo provocó una lógica desconcentración en el protagonista de ésta historia.

La noche antes de jugar el Abierto Marplatense, Fischer pasó por el Defensores de San Martín para disputar una serie de partidas, en formato libre, contra rivales locales. Abrevadas por el tiempo y con relojes que iban y venían por los golpes nerviosos de los jugadores, el norteamericano jugó con dos decenas de tableros alcanzando la friolera de diecinueve triunfos. Sin embargo, todos depositaron la mirada en una mesa del fondo donde el campeón se detenía más de la cuenta.

Allí necesito casi tres horas para decretar unas “tablas”, que no lo dejaron conforme al que sería el número uno mundial del ajedrez. Enfrente suyo, un canillita de un kiosko ubicado en la esquina de la avenida Luro y Olazábal, apenas cien metros distante de la sede del club, le propinaba una durísima batalla con piezas y madera fabricadas por el mismo.El modelo de apertura, y luego de tantos años, aún no pudo ser descifrado por quienes se dedican a la disciplina.

Dicen, algunos visitantes asiduos del buffet del Defensores,era un niño recién llegado a la adolescencia que solía, después de la venta diaria y antes de dirigirse a la escuela, sentarse a leer atentamente los movimientos de las partidas publicados en la edición matutina del diario La Prensa. También se cuenta por allí que, después de la memorable faena, el “chiquilín” desapareció del barrio con el sueño de viajar a Rusia para ingresar a una escuela de aprendizaje en el juego.

Respecto al campeonato que le tocaba disputar en la localidad balnearia, el americano pareció asumirlo sin gran compromiso, aunque dicha sensación se terminó cuando se enteró de algunos de los rivales de fuste a los que debía enfrentar. Entre ellos, el mismo Spassky y David Bronstein, a quien Fisher decía que era muy difícil ganarle porque siempre jugaba a “tablas”. Según su representante, una parte de su viaje lo gastó practicando con su antiguo tablero manual tratando de romper los cercos de anteriores partidas.

La suerte del torneo no lo acompañó demasiado, ya que perdió con el monarca ruso y, obviamente, concluyó en empate el encuentro con su coterráneo. El final del campeonato lo vio alcanzando el primer lugar en compañía de Spassky, luego que el soviético desperdiciara una clara oportunidad de victoria en la última fecha. Sin embargo, por desempate en la partida entre ambos, el triunfo le correspondió al europeo del este.

La sensación para el futuro monarca fue bastante difícil de asumir, a la dureza de sus rivales en la competencia oficial vino a sumársele aquél traspié ocurrido en las tablas con el juvenil vendedor de diarios. Un pibe marplatense que le propuso un desafío complejo al monarca internacional, en definitiva, que estuvo al borde del jaque mate frente al rey.

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