“Mi hermano me regaló una vida”, dice el menor de los Roura totalmente emocionado desde una habitación del Hospital Regional. Unos pisos más abajo está Pablo, el mayor, el responsable de salvarlo al donarle un riñón.

Gustavo nació con riñón atrófico que le controlaron solo sus primeros años de vida, hasta que empezó a padecer las consecuencias de su mal funcionamiento. Varios dolores físicos lo llevaron a consultar a un profesional que le dio un pronóstico desalentador: necesitaba un trasplante.

Sin obra social e internado realizó distintos trámites para poder tener la cobertura por Pami. Allí también se anotó para ser donante del Incucai.

“Gracias a la pandemia que se pude hacer los trámites de manera virtual me ayudó con los tiempos. Estando en lista de espera empezaron a hacerme análisis. Todo esto tardó mucho y me cambió la vida. Estuve un año y medio con dieta estricta”, reveló el hombre.

Y sumó: “Había que encontrar un donante y era lo más complicado. No había donantes cadavéricos y fue ahí cuando amigos y hermanos me dijeron que me querían donar. Estaba entre mis dos hermanos, Julián y Pablo”.

El mayor de los Roura aseguró que desde el primer momento sintió que debía ser él. “Lo decidí pero había que procesarlo. Pasé por muchas cosas, yo soy deportista y una persona sana. Fue muy chocante pero vale la pena, fui procesando, mentalizando hasta que llegó el momento. Llegando el momento estaba decidido”, comentó.

Según contó, el apoyo psicológico fue clave para poder avanzar. “Te dicen que si querés salir corriendo podés hacerlo”, reveló. Pero finalmente se decidió y se operó hace algunas horas junto a su hermano.

Gustavo, relató que "pasó lo más duro después de tanto tiempo". "Se hizo largo el proceso pero pasó lo peor, ahora falta la parte de cuidarse y agradecerle", enfatizó.

Ambos tienen planes tras su recuperación: harán el cruce de la Cordillera en bicicleta. "Uno con cada riñón", dijeron entre risas.

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