Por Ricardo Juan

―Yo los aguanto un poco más con la plata del alquiler, no se hagan problema.

Pese a la buena voluntad de la dueña de la casa, Carolina siente que se le viene el mundo abajo. A ella y a su marido les acaba de llegar el telegrama de La Boston. El despido les cambia la vida: no pueden pagar el alquiler y, con dos hijos, se tienen que ir a vivir a lo de la madre de ella.

Carolina tiene 36 años. Desde los 21 que trabaja en La Boston. En la confitería hizo su primera experiencia formal de empleo y allí conoció a Ariel, con quien tiene un hijo de 17 años y una hija de 10. Nunca la pasó tan mal como desde noviembre de 2016, cuando desembarcaron los nuevos dueños, Pablo Lotero, Juan Manuel Lotero y Carl Schönfeldt, con la promesa de expandir la empresa. De entrada, le cambiaron el horario y el lugar de trabajo con una frecuencia poco habitual. Para ella era una cuestión lógica: ya no era una empresa familiar como antes y había que aceptar las reglas del juego. De tener nombre y apellido pasaron a ser un número.

Pero fue sólo el inicio de la pesadilla. Los rumores de cierre instalaron la incertidumbre y la crisis se profundizó. Los trabajadores de La Boston empezaron a cobrar en cuotas en enero de 2018: primero en dos pagos, después en cinco. Hasta que en abril y mayo de 2018 no vieron un solo peso. Como no tenían ni para el colectivo, el 3 de junio decidieron tomar el lugar. Un mes después llegó el telegrama para 60 empleados.

“El golpe en casa fue tremendo. Estábamos acostumbrados a tener un sueldo durante muchos años. De golpe y porrazo, recibimos un cachetazo. Ahora estamos en lo de mi vieja, viendo cómo hacer, día tras día”, cuenta Carolina.

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La confitería Boston de Buenos Aires 1927 tiene su puerta abierta pero, por ley, nadie puede entrar a consumir. En las vidrieras hay afiches que escrachan a los dueños, mezclados con las ofertas para el público. Los precios están escritos en una hoja blanca, a mano y con un fibrón negro. La docena de medialunas cuesta $120 y los “borrachitos” salen 30 pesos, lo mismo que una empanada. Un licuado de banana con leche cuesta $80.

En pleno enero, en La Boston ya no hay mozos ni camareras para recibir al cliente. La entrada al salón es un pasillo oscuro, libre de obstáculos. A la izquierda, hay 30 sillas apiladas y las de arriba están dadas vueltas. Sobre la pared hay espejos, todos tapados por dibujos de los hijos de las empleadas. En algunos está la firma de los autores, que, por la manera de dibujar, no deben superar los 8 años. A la derecha está la barra, que exhibe medialunas, una rosca pastelera y, más distante, algún que otro budín.

La resistencia en la Boston la encabezan las mujeres. En realidad son 11 empleados los que se rotan para mantener ocupado el lugar. Pero los hombres son menos, casi todos superan los 50 años y no aguantan muchas horas en el lugar. Generalmente están ellas, que se ubican del otro lado de la barra, atentas a la gente que pasa por la vereda y que, tras dejar ver su sorpresa por la actualidad de la tradicional confitería, deciden comprarles algo. Ellas comparten mate, cigarrillos y angustias. Durante el día y también en la madrugada. En el invierno, se mueren de frío. Y aunque la ven difícil, mantienen la esperanza de cobrar los sueldos adeudados, las indemnizaciones y recuperar la fuente laboral.

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Foto: Juan Mathias.
Foto: Juan Mathias.

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Foto: Juan Mathias.
Foto: Juan Mathias.

Carolina piensa que si dejan de ir al local, no tendrán chance de cobrar nada de lo que les deben. En las horas en las que no está en La Boston, sale a buscar trabajo y se choca con la barrera del prejuicio: cuando lleva un currículum, la miran de reojo y le dicen que no quieren tener problemas. Mientras tanto, atraviesa el duelo: “No digo que esto nos arruinó la vida porque sería muy fuerte. Pero sí pienso que esto nos amargó la vida”.

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