Por Ninela Teso
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Con el peor de los resultados en las manos, las seis letras que nadie quiere escuchar, las dudas en la cabeza y no saber por dónde empezar. ¿Miedo? ¿Desesperación? ¿Terror? Seguro que todo eso, pero Gisela eligió la valentía, ir por todo, “jugársela en la cancha”.

Cuando le diagnosticaron cáncer tenía treinta y pico, un marido, una familia, una profesión. Le indicaron quimioterapia y ella aseguró que no quería perder el pelo e investigando en Internet dio con Paula Estrada quien creó unos cascos fríos que buscan reducir la temperatura del cuero cabelludo, así se evita que la medicación penetre allí y por consiguiente la pérdida del cabello.

Junto a su marido se interiorizó en el tema: compró los geles, consiguió heladeras y armó los cascos. “Yo descreía, lo hice por Gisela. Cuando lo empezamos a hacer no lo había hecho nadie, salvo una señora, había un descreimiento terrible con el tema. A mí me pasó de bajar al sector de quimio para saber si había alguna heladera o freezer y las mismas enfermeras me decían que eso no funcionaba. Yo le decía ‘no le digas a mi mujer que mañana venimos con todo’. Caía con las dos heladeras, los cascos bien congelados y al principio nos miraban. A partir de la segunda quimio el pelo se cae y cuando Gisela llegó a la tercera con todo el pelo estaban sorprendidos e inclusive los médicos”, cuenta Ignacio, el marido de la mujer.

Perder el pelo

“No es solo una cuestión estética, es poder hacer vida normal. No sentirte mirada, discriminada, ella hacía vida normal, atendía gente, iba a Tribunales, no es solamente estético. Es no andar con un pañuelo, gorro o peluca, igual la gente te mira. Sin darnos cuenta empezó a recomendar y le dijo al médico que le pase su teléfono para ayudar a quienes estén en la misma situación. A partir de ahí nos empezaron a llamar mujeres de entre 30 a 70 años y venían a casa, tomaban unos mates y hablaban un poco sobre lo que les pasaba. Yo hablaba con el marido o con el acompañante que tuviera la mujer y le explicaba todo lo que tenía que hacer y cómo llevar los cascos en las heladeras”, recuerda el hombre.

Sin querer comenzó a generarse un grupo que luego Gisela tituló “Superpoderosas” en el que participan cientos de personas y se prestan los cascos de modo gratuito. “Ahí se empezó a hacer como un banco de geles porque a medida que iban terminando los iban cediendo. Cuando pasa algo así te das cuenta que no hay diferencia de clases, todos están en la misma y la que lo usó y le dio resultado los dona. En el grupo de WhatsApp eran más de 70, al final ya no se conocían entre ellas. Para ciertos tipos de cáncer los cascos se pueden usar y esto le cambió la vida a un montón de gente. No hay edades, ni la más coqueta, ni la menos coqueta, todas tenían un motivo para no querer perder el pelo. Por ejemplo: una mujer era directora de un colegio y lo hacía porque no quería que sus alumnos la vean así, algunas tenían hijos chicos y no quería que las vieran mal, otra tenía a la mamá muy mayor. Todos tenían un motivo justo, valedero y totalmente diferente”, asegura Nacho.

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Por la repercusión de los cascos Gisela decidió ir por más: hizo un instructivo, lo imprimió y se lo dejó al médico. Para que cuando llegara “la mala noticia” supieran que había un espacio de contención. “Yo no sé si Gisela sabía o no qué iba a pasar. Ella decía que esto era su misión, que al margen del resultado final su idea era desmitificar un poco la idea de que la quimio te hace pelota, de que tenés que andar pelada y esa fue la enseñanza que le dejó a la mayoría de las mujeres. Algunos de sus clientes nunca se enteraron de lo que le pasaba porque ella llevaba vida normal. Ella siempre me decía está en vos cómo lleves lo que te pase y eso me quedó. Un día estás bien y al otro día te dicen que tenés cáncer, y ahí pensás ¿cómo la llevo? Ya la enfermedad la tenés, tenés que ver qué hacer con eso”, comenta.

El acompañante

Según Ignacio, Gisela se la hacía fácil: “El lado del acompañante es el lado B de la enfermedad, es muy difícil ese lugar pero ella me lo hacía fácil. A veces ella estaba en la cama pero era una persona con ganas, agradable. Yo me llevaba a los nenes para que descanse. Pero hubo chicas de su misma edad que estaban muy deprimidas con muchos bajones. Muchas chicas se separan porque es difícil acompañar, nosotros estuvimos juntos 20 años”.

“Con el casco tenés que estar todas las sesiones. Teníamos que dejar a los nenes, buscar las heladeras, poner de nuevo los cascos en el freezer. Conocimos gente que viajaba desde Tandil, les teníamos los cascos acá. La heladera prendida todo el tiempo. Teníamos los cascos de ‘rescate’ por si a alguien se le había cortado la luz o les decían que tenían que empezar la quimio de un día para el otro. Entonces preparábamos todo y le llevábamos los cascos desde acá congelados para que pudieran empezar. Cuando una empezaba era como un madrinazgo, porque si le explicabas todo la primera vez eras como una madrina de esa persona. Siempre había una que acompañar y a veces no se conocían entre sí ni de cara. Se ayudaban en las primeras horas de la quimio. Hay clínicas que no permitían los cascos, después recién los empezaron a aceptar. En el HPC pudimos hacer todo, dejaban entrar al acompañante, ahora cuando paso veo gente con las heladeras hay un montón y en quimio muchos con los cascos”, asevera.

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Gisela

Tras luchar contra el cáncer, Gisela Salazar Cueto falleció el 28 de julio de 2019 con solo 39 años. Tenía dos hijos, un marido, familia, amigas y “Superpoderosas” a quien acompañó hasta los últimos días.

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“A veces me quedo pensando si fue lo mejor. No sé si fue bueno estar así, porque uno vive las 24 horas con el mismo tema en la cabeza. Es una enfermedad tan jodida y que te meten tanto miedo que nadie se lo saca de la cabeza. Cuando una persona está viva no la tenés las 24 horas, los 7 días de la semana en la mente. La enfermedad te genera eso, pero las mujeres van al frente y van adelante, se operan y van por todo. No les tiembla para decir dame un turno y lo hago. Yo creo mucho en la prevención, el de ella lo agarró a tiempo pero fue imposible pararlo. No sigo con los cascos, yo lo hice por ella nada más, pero sí sigo viendo con las amigas que la aman y ellas las amaba. Me cuidan a los nenes y me ayudan un montón. Eso me hace bien”, comenta Ignacio.

En el velorio fue gente con un pin de Superpoderosas que había hecho ella, gente llorando que yo no sabía quién era, aparentemente cuando hablaban con ella les generaba un empuje. No sé qué pasó pero algo pasó con ella, algo trasmitía. Cuando murió muchas chicas se fueron del grupo”.

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¿Viste cuando te dicen 'dejás todo en la cancha'? Yo dejé todo y ella ni hablar -dice- Ella dejó algo, algo importante, pero hubiese preferido que se quedara ella. Se operó, se hizo estudios, todo hizo, todo. Es una enfermedad de mierda. Trato de enfocarme en los momentos lindos, ella siempre pensó que se iba a salvar pero a lo último creo que mentía”.

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