Por Ricardo Juan

Ya era un año para olvidar, para sacarlo rápido del recuerdo, para que se termine de una vez por todas. Meses sin abrazos, limitaciones para encontrarse con los afectos, pérdidas. La angustia de hacer todo a medias o, quizás, ni hacerlo. No poder compartir un cumpleaños, un asado, un mate. Como si el 2020 no fuera una puñalada de cuatro cifras, el 25 de noviembre se murió Diego Armando Maradona.

Parecía inmortal. Un hombre que, como todo ser humano, cometió errores y tuvo contradicciones. Pero quizás haya sido el único que a aquellos marginados de todo sistema los hizo sentir parte de una Nación. Lo logró sin proponérselo, sin que sea su deber. Por su personalidad, fue mucho más que un jugador de fútbol y pagó un precio muy caro.

Por lograr lo imposible, vivió condenado a estar a la altura de una exigencia desmedida. "Yo con Diego voy a cualquier lado, pero con Maradona no voy ni a la esquina", le dijo en su momento el profesor Fernando Signorini, un maestro que lo acompañó siempre. "Puede ser, pero si no fuera por Maradona todavía estaría en Villa Fiorito", respondió el Diez. Un diálogo que refleja su historia.

Ese Diego que convirtió sus primeros goles en el estadio San Martín de Mar del Plata nunca perdió su conciencia de clase. Como si hiciera falta, lo demostró en la Cumbre de las Américas de 2005, otra vez con la ciudad como testigo. Desafió al poder y siempre estuvo del lado de los más humildes. Ellos no lo olvidaron. El millón de personas que se movilizó durante su velatorio es sólo una muestra del amor que sembró.

Siempre generoso, fue el hincha número uno de cada deportista argentino. Tenía un corazón inmenso. Sobran las anécdotas de futbolistas de cualquier categoría que, pasando un mal momento personal, atendían el teléfono y escuchaban la palabra de aliento de Diego. También de anónimos a los que ayudó a salir del pozo. Estuvo al lado de las Madres de Plaza de Mayo, de los jubilados, se puso espalda con espalda con quienes quisieron mejorarle la vida a la gente. Fue la única alegría de los pobres durante mucho tiempo.

Diego murió y cuesta aceptarlo, pero desde ese día parece revivir a cada instante. De la nada, aparece. Con los goles, con frases inolvidables, con miles de anédcotas. La pelota extraña a quien la trató como nadie. Muchos eligen creer que la dejó para reecontrarse con Doña Tota y Don Diego. Cada vez más personas a lo largo del mundo deciden llevarlo en la piel, porque ya no les entra en el corazón. El deseo es que haya encontrado la paz que le faltaba. Mientras tanto, dejó vivencias de sobra para recordarlo cada día con una sonrisa a pesar de tanto dolor.

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