En un viaje conocí la torre de Pisa, uno de los monumentos más visitados del mundo, ciudad que lleva el mismo nombre y está ubicada en Italia. En el lugar me llamó la atención la cantidad de turistas moviendo las manos como si fuesen karatecas profesionales buscando mostrar cómo simulaban inclinar la torre. Quizá sin interesarse en saber cómo fue que se dobló, admirar la belleza de su construcción o simplemente disfrutar del momento.

La foto publicada en Facebook, Instagram o Twitter parece ser lo único importante del asunto: lo que uno hace para los demás. Y así es como vivimos una gran parte del tiempo en una realidad paralela, entre lo que sentimos y vivimos, y lo que queremos mostrar.

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¿A quién?, ¿Para quién?, ¿Para qué? En las redes muchas veces no somos quienes somos, sino quienes nos gustaría ser. Felices, amados, plenos, perfectos. Pero parece no haber mucho lugar para la soledad, el silencio o un mal día.

Nos exigimos a nosotros, nos comparamos con el otro, chusmeamos como aquella vieja de barrio que salía a limpiar la vereda unas cinco veces al día para ver qué hacía la nueva vecina. No pienso que las redes sociales no sean útiles, pero quizá deberíamos plantearnos qué es lo que compartimos, para quién lo hacemos y por sobre todo con qué propósito.

Una vez leí una caricatura que decía: “Compartir es darle la mitad de un sándwich a alguien”.

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