El afiche con la imagen del grito de un Carlos Monzón desencajado, preso tras las rejas pero también de una vida que lo llevó padecer los extremos de la miseria y la gloria, sintetiza mejor que ninguno lo que el campeón en desgracia padeció cuando en un chasquido descendió desde el altar del ídolo al frío y húmedo piso de una celda.

Lejos de protegerlo, la ficción que tiene producción compartida de Pampa Films y Disney Media Distribution Latin America elige para los primeros minutos del capítulo inicial aquella madrugada del 14 de febrero de 1988 que terminó con el cadáver de Alicia Muñiz al pie del balcón del chalet de la calle Pedro Zanni. Ni el pibe con sed de ring ni el recordman de defensas de títulos. Lo presenta como un asesino. Hoy, un femicida.

Recién cuando lo muestran rodeado de policías e investigadores, acorralado por las evidencias, las cámaras viajan cuatro décadas hasta las calles de tierra de San Javier, el pueblo santafesino donde lo presentan trepado a una ventana para robarse una olla de guiso para dar de comer a sus hermanos. Y en sus primeros roces callejeros, y con ellos su primer amor. El flashback es un recurso constante. El joven Monzón es el actor Mauricio Paniagua. El adulto, Jorge Román.

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Dirigida por Jesús Braceras, la mini serie que se emite por Space tuvo un capítulo doble para su presentación y semana a semana va avanzando en la historia que hace centro en el caso judicial, con una reconstrucción paso a paso de la pesquisa y con actores de altísimo nivel. El papel de Soledad Silveyra, en el rol de la madre de la víctima, es de lo mejor.

Aquel Monzón adolescente, que ve en la lona del ring una catapulta para un futuro mejor, encuentra en el camino a Amilcar Brusa. “Quiero pelear, por la plata y las mujeres”, le pide. “Acá se pelea para ser campeón”, le responde el experimentado entrenador que no tarda en verle condiciones, alimentarlo bien y acercarlo pronto al Luna Park. El estadio que lo obsesionaba y que terminó siendo su templo.

El guión se basa en el libro Monzón, secreto de sumario, de Marilé Staiolo. En esas páginas desarrolla la historia del hombre más que del deportista. Del asesino de una mujer –nada menos que la madre de su hijo más pequeño- y lo que aquello representa en estos tiempos, con la violencia de género en constante debate y la lucha permanente por la igualdad de derechos.

Monzón facturó entonces sus beneficios. Aclamado en la puerta de tribunales, presionados los investigadores, el que fue rey de los medianos primó por sobre la víctima. Tuvo una pena baja -11 años de los que cumplió menos de la mitad- y tras las rejas los guiños del trato de guardias, respetuosos del campeón y distantes del criminal.

Quizás el momento que mejor resume al campeón caído en desgracia se da en el primer contacto con su abogado, que en los hechos fue el marplatense Jorge De la Canale. Para entonces el acusado había dado su primera versión de lo ocurrido. Su defensor le pide que no hable más. Y su cliente le retruca que seguirá hablando. “Yo soy Carlos Monzón”, le responde. Sin aceptar que la justicia ya tenía al ídolo al borde del nocaut.

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