En su último libro "Patricia. De la lucha armada a la Seguridad", el periodista y escritor Ricardo Ragendorfer recrea la vida de la Ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, y unas de las revelaciones más importantes está asociada con la tragedia aérea más grande de la ciudad de Mar del Plata y una de las más penosas del país.

Con apenas dos años y medio, Patricia Bullrich esperabajunto a sus padres a cuatro de familiares en Mar del Plata pero nunca llegaron porque el avión se estrelló.

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Al comienzo de su libro, Ragendorfer recrea la noche del 16 de enero de 1959, a minutos de lo que con el tiempo se conoció como "La tragedia de Parque Camet", en un fragmento que se reproduce a continuación y que sin duda marcaría su vida:

"Sobre aquel instante solo existe un registro difuso. Serían los últimos minutos del 16 de enero de 1959. Y es probable que Patricia Bullrich Luro —quien por entonces, a los 2 años y 7 meses, únicamente respondía al apodo de «Patus»— haya presenciado tal escena en los brazos de algún adulto, quizás en los de su padre, Alejandro Julián Bullrich Almeyra, o en los de su madre, Julieta Estela Luro Pueyrredón de Bullrich, o en los del tío Juan Carlos Luro Pueyrredón. Los cuatro permanecían a salvo del diluvio en una posta sanitaria adyacente al Parque Camet, en Mar del Plata.

De modo que los truenos opacaban cada tanto el repiqueteo de la lluvia, el rumor de las olas, el silbido del viento y las voces de la gente que a lo lejos se movía entre las altas barrancas del paraje y la playa. Los faros de los autos en la orilla se habían convertido en improvisados reflectores y, junto con las bengalas, iluminaban el mar. Aquel océano encrespado y espectral proyectaba reflejos verdes y brillantes.

La pequeña Patus escrutaba tales imágenes por el rabillo del ojo.

Patricia

Horas antes en Buenos Aires, exactamente a las 19:25, los altavoces del aeroparque Jorge Newbery propalaron el último llamado del vuelo de Austral con destino a Mar del Plata y Bahía Blanca, pese a que todos los pasajeros —47 en total— ya se encontraban en la sala de embarque. La mayoría formaba una tumultuosa fila ante un mostrador para el chequeo final.

La nave, un bimotor Curtiss C-46 «Commando», permanecía en el sector oeste de la plataforma, a 200 metros de la terminal. A las 19:50 inició su carreteo por la pista principal bajo una lluvia apocalíptica.

En la cabina flotaba un clima celebratorio; era la travesía inaugural de la compañía por aquella ruta. Y las azafatas ofrecían champán.

Mientras tanto, el viejo aeródromo de Mar del Plata, ubicado a casi siete kilómetros del centro y a dos del Parque Camet, asistía a los prolegómenos del magno acontecimiento. El reloj del hall ya marcaba las 20:50; solo faltaban 25 minutos para el arribo del avión. El lugar comenzó a llenarse de empleados, pasajeros de la siguiente escala y familiares; entre estos últimos resaltaban los Bullrich-Luro Pueyrredón. Y Patus correteaba allí con entusiasmo.

El paso del tiempo en la terminal transcurría sin sobresaltos hasta que las agujas del reloj se arrimaron hacia las 21:30. El avión ya tenía 15 minutos de retraso. Y un creciente murmullo fue tapando la música funcional que hasta entonces matizó la espera. El temporal arreciaba.

Recién a las 21:35 se escuchó en el cielo un fragoso rugido de motores. Seguidamente emergió el Curtiss en descenso hacia la pista. Esa maniobra fue visible a través de las puertas vidriadas del hall.

Pero ya a metros del aterrizaje, todos se sorprendieron al advertir que la nave volvía a levantar vuelo con los motores a fondo.

Luego desapareció del campo visual de los presentes.

Otros testigos, desde el barrio lindante a la estación aérea, vieron que el Curtiss perdía altura. Que volaba cayendo. Que cruzaba el parque no sin rozar el vértice de los pinos y, ya sobre el mar, la cresta de las olas.

Finalmente, devorado por la oscuridad a 1.200 metros de la orilla, su ala derecha se partió con un espantoso crujido. Por la inercia del golpe, el aparato se dobló hacia la izquierda para clavarse en el océano. A semejante velocidad la superficie del agua era como un muro de cemento.

El accidente fue confirmado en el aeródromo casi en el acto. Pero, claro, sin precisar el número de víctimas. Allí todo era incertidumbre y confusión.

Las novedades se deslizaban con cuentagotas. Y la compañía aérea solo atinó a comunicar —según el boletín informativo de radio Splendid propalado a las 23:00— que entre los pasajeros estaba el famoso fisiólogo Eduardo Braun Menéndez, de la familia propietaria de Austral.

Durante la medianoche también trascendió que un ocupante del aparato había sobrevivido; se trataba del ingeniero Roberto Servente, de 39 años. Ese hombre nadó hasta la orilla a pesar de sus fracturas en la tibia y el peroné, en cuatro costillas y en la clavícula derecha.

Aquello alentó la esperanza de que hubiera otros viajeros con vida. En realidad, el impacto vertical del avión sobre el océano hizo que los cinco tripulantes y 46 pasajeros perecieran desnucados en el acto.

Por entonces un tumulto de familiares y curiosos seguía con atención las tareas de rescate desde los alrededores del Parque Camet.

Fue cuando Patus escrutaba aquella escena por el rabillo del ojo.

Ahora veía que las olas arrastraban restos de fuselaje, asientos, valijas y cadáveres hacia la playa. A lo lejos aún flotaba la cola del avión.

Allí acababan de morir su abuelo materno, Juan Carlos Luro Livingston; su tío, Ricardo Luro Pueyrredón; su tía política, María Elena Copello Penning, y su primo, Pedro Eugenio Luro Copello, de apenas dos meses de edad.

Todos fueron inhumados días después en el cementerio de la Recoleta.

Aquella vez, la abuela de Patus —y viuda de Juan Carlos—, doña Esther Lidia Pueyrredón Meyans, abrazó a su doliente consuegra, Ivonne Penning de Copello, no sin soplarle a la oreja:

—¡Qué destino el de la pobre María Elena!

La frase aludía a la siguiente circunstancia: la esposa de Ricardo había salvado milagrosamente su vida el 8 de diciembre de 1957 al no conseguir pasaje para viajar en el avión de Aerolíneas Argentinas que aquella tarde cayó a tierra cerca de la ciudad bonaerense de Bolívar, con un saldo de 61 muertos.

—A veces, Dios es incomprensible —respondió la señora Ivonne con resignación y sabiduría.

Tal vez Patus, que aquel día fue llevada al camposanto por sus padres, haya escuchado tales palabras. De ser así —aunque entonces no comprendiera su significado—, es posible que jamás las olvidara".

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