—Yo no necesito de vos para tener audiencia, Sil-va-na-Suá-rez. No te necesito.

—¡Hoy sí!— lanza la invitada, hace un memorable gesto con dos dedos, como si estuviera rapeando, y desaparece detrás de un decorado.

Hace 20 años, la ex Miss Mundo, Silvana Suárez, protagonizó una histórica pelea con Mirtha Legrand. A tal punto, que fue la primera invitada en levantarse de la mesa de la diva de los almuerzos. Hoy, Suárez lleva una vida mucho más tranquila en el valle de Traslasierra, Córdoba, un lugar que construyó hace dos décadas.

“Es como si fuera otra persona. Sé que soy yo. Sé que soy yo, tengo memoria, pero por suerte todo lo que he hecho me sacó del resentimiento, de la obsesión por buscar justicia, de determinadas cosas, ¿no?”, reflexionó en diálogo con Infobae.

“Se van a cumplir cinco años de estar viviendo acá, pero hace 20 que tengo esta casa, que es ecológica, porque tiene troncos, piedras, cristales y una vista maravillosa. Yo hice la casa cuando me separo del papá de mis hijos (N. de la R.: Julio Ramos murió en 2006), para que los chicos no tuvieran solo Punta del Este. Quería que también tuvieran un poco de lo que yo mamé de chica”, agrega del otro lado del teléfono.

Silvana Suárez nació en Córdoba un día como hoy, hace 61 años. Como creció en una familia de artistas, tuvo una infancia rodeada de elementos para la pintura y la escultura. Hasta que sus padres se separaron y terminó viviendo con su madre. Al terminar el secundario, decidió estudiar arquitectura.

“Mi madre, que era artista plástica y profesora de bellas artes, se tuvo que llenar de cátedras para poder mantener el nivel de vida. Éramos clase media, pero mi mamá no recibía ayuda monetaria. Es por eso que para mí siempre fue importante poder ganarme mis dinerillos. En ese entonces era para comprarme unos papeles alemanes de dibujo, que eran muy caros”, recuerda.

—¿Y cómo pasás de ser una estudiante de arquitectura a convertirte en modelo y que te elijan como la mujer más linda del mundo?

—Yo estudiaba, me había recibido de profesora de música y directora de coros, en el Instituto Domingo Zípoli. De ahí pasé a arquitectura en la Universidad Católica de Córdoba. Empezó con la insistencia de mi mamá un verano. Un día el diario Tiempo Cotidiano organizó un concurso. Como yo había rendido bien mi primer año de la facultad, en diciembre estaba como medio aburrida. Mamá me insistía, me insistía, me insistía y yo le decía: “Mamá, esas cosas se ganan por acomodo”. Viste todo el tabú que tenés en la cabeza a los 20. Insistió tanto que al final me presenté en Miss Sierras de Córdoba. Fue todo muy vertiginoso y gané. Y después llegó Miss Mundo, sin querer, digamos.

En la final de la edición 28 del concurso de belleza Miss Mundo, que tuvo lugar el 16 de noviembre de 1978, Silvana Suárez se coronó reina. Con 19 años, era elegida como la mujer más linda del mundo. El evento tuvo lugar en el Royal Albert Hall de Londres.

“Al ganar este concurso se dieron todas las posibilidades: que yo pudiera vivir en Londres y viajar por todo el mundo. Y después me dediqué a hacer trabajos de modelo bastante bien seleccionados, por mi cuenta. Pude viajar y vivir en distintos países. Me gustó la aventura. Pero claro, fue bastante duro porque yo estaba muy sola también y no estaba preparada para eso. Además no existían las técnicas ni las tecnologías que tenemos ahora para estar en contacto con la familia y los amigos.

— ¿Cuál es el lugar más exótico en el que estuviste?

—A mí me gusta mucho Tailandia. En ese momento hice Kuala Lumpur. Me gusta mucho, me parece exótico y me gustan mucho las comidas picantes y la arquitectura, porque es muy diferente a la nuestra. También estuve dos años viviendo en Japón.

—¿Y te manejabas en inglés? ¿Cómo era?

—No se hablaba inglés, así que aprendí un poquito de japonés. Pero bueno, yo entendía y me hacía entender; yo me entiendo con la gente, no importa si no hablo el idioma.

— ¿Y cómo fue volver a la Argentina después de esa experiencia?

— En realidad de los 20 a los 30 años volví intermitentemente. Como estuve saliendo con dos personas afuera, me fui quedando en el exterior. Hasta que vuelvo a la Argentina, cuando estaba por por cumplir 30. Ahí conozco a Julio (Ramos), el papá de mis hijos, nos casamos en pocos meses y después formamos una familia.

Matrimonio, familia y escándalo

En 1988, los medios del país reflejaban una noticia resonante: el entonces dueño del entonces influyente diario Ámbito Financiero se casaba en segundas nupcias con Silvana Suárez.

“Una mujer que va a cumplir 30 tiene un cambio hormonal. En ese momento yo eso no lo sabía, pero te lo dicen los médicos. Es como que hay un reloj biológico. Y si bien yo no quería tener hijos antes, cuando conozco a Julio, que estaba libre, separado hacía dos años, quería formar una familia. Y yo ya venía también con ese bichito que me picaba. Entonces todo encajó en nosotros. Y así fue y llegó mi hija, la más grande, Julia, Julia Silvana. ¡Le pusimos todo! (risas).

— ¡Los nombres de los dos!

— Todo. Yo incluso hoy le digo Julia Silvana. Desde ese momento di un salto cuántico, porque me enamoré de ese bebé, después me enamoré de mi hijo Augusto, un año y dos meses más chico. Hubo un cambio muy fuerte para mí, pero amé tener a mis hijos.

— ¿Y después de viajar y vivir en lugares tan distintos, ¿cómo te llevaste con la vida familiar?

—Con todos los altibajos. Porque, a ver, ninguna familia es perfecta. No es fácil traer un hijo hoy y cómo está el mundo no es nada fácil. Hoy mi hija va a cumplir 30 y mi hijo va a cumplir 29. Pero siempre van a ser mis bebés, yo siempre le digo a mi hija: “Cuando vos tengas 70 y yo 101 siempre te voy a ver como mi bebé”. Se ríe. Se lo digo porque es algo familiar: mi papá está por cumplir 102 años, vive en Córdoba y está muy bien.

—¿Cómo se reconstruye una persona después de un divorcio tan polémico, que se reflejó en los medios e hizo tanto ruido?

—Por suerte hice un trabajo muy profundo. Y pude cambiar, decantar mucho y rescatar. A ver, si yo me agarro de lo malo entonces estaba loca en casarme y tener hijos con una persona que tenía ciertas patologías, que al principio yo no vi. Que aparte se fueron exacerbando con los años. Pude perdonarme, perdonar, y puedo rescatar, digamos, las cualidades de la otra persona.

—¿Que rescataste de Julio Ramos?

—Cuando nos conocimos, con Julio estábamos los dos libres, entonces eso ayudó mucho. Porque no teníamos que rendirle cuentas a nadie, tampoco teníamos que esperar años para formar una familia. Y a nivel intelectual, él confiaba mucho en mí, en ese sentido fue muy generoso en sus enseñanzas. A mí no me gustaba el periodismo y terminé haciendo periodismo. Terminamos haciendo las “Charlas de quincho” del diario y fundando la página de la mujer. Pero era también porque yo accedí a eso, porque teníamos, digamos, un norte juntos. Yo soy muy pata con mis parejas y con mis amigos. Soy una persona positiva y si quieren hacer algo y yo puedo aportar buena onda soy siempre de ayudar.

—¿Y él se comportaba de la misma manera?

— No fue así de parte de él porque él era muy machista y quería el control total sobre mí y eso es una enfermedad. Y él nunca se quiso tratar, se le daba así. Y bueno, cuando uno trae un peso muy grande en la vida, y dolores y demás, y si no los tratás, después se te instalan, te cambian la personalidad. Yo lloré mucho. Pero pude sacar muchas cosas de esa etapa. Porque es la única manera también de rescatar el amor. Si uno se centra solo en los defectos, en el sufrimiento, entonces ¿dónde queda el amor?

— En más de una ocasión hablaste de un “flechazo” con el padre de tus hijos.

—Fue un flechazo, aunque muchos no lo puedan entender. Nosotros teníamos una muy buena conexión en muchas áreas. Pero bueno, cuando una persona después no quiere hacer nada para mejorar y se ensaña, y se pone peor, lamentablemente, o seguís y te enfermas o no podés seguir. Y eso es lo que sucedió.

—¿Qué recordás de la etapa del divorcio, que se vivió de manera muy pronunciada en los medios?

—Al ser dueño de un diario, y al no poder él, digamos, tratar el tema de la separación desde un lugar más proactivo, utilizó el diario en contra mía. Y yo tenía dos chicos chiquitos, así que hice magia para que esto no los dañara pero es imposible. Aparte era muy machista, entonces ¿cómo una mujer iba a hacer esto?

—En medio de todo eso, llega la famosa mesa de Mirtha Legrand, de la que te levantás.

—La verdad que yo no tendría ni que haber ido, pero siempre me sentí como con culpa de no ir. Y voy y de golpe ella tomó partido: el que tenía el poder era Julio.

—¿Qué sentís al recordar aquella escena veinte años después?

—Pienso en el modo. Primero, que una va gratis. En todo caso, deberían ofrecer un contrato y decirte: “bueno, te voy a maltratar”. Perfecto, dale, yo firmo (risas). O no firmo. Pienso yo que la gente inteligente y educada puede decir: “Mirá, yo no estoy de acuerdo con esto y con lo otro” y dialogar. Pero cuando te acorralan –y yo estaba acorralada justo en la esquina con dos chiquitos menores de edad–, es mucha la pérdida, yo venía hacía dos años callándome ante la prensa. El problema es que hay una creencia de que si calentás una silla frente a una cámara tenés el poder sobre el otro. Y yo lo puedo entender porque al haber estado en un diario el poder era tremendo. Pasa que en el día a día, digamos, no tomás conciencia de eso. Pero ahora a la distancia es tremendo.

—¿Volviste a cruzarte con Mirtha Legrand o a hablar con ella?

— Me crucé cuando yo estaba con un novio francés que tuve, un día que estuvimos invitados a una gala en el Alvear. Ella estaba y creyó que yo la iba a saludar pero yo pasé de largo. Pero no la odio ni nada. O sea, no te voy a saludar cuando vos estuviste mal. La que tiene que pedir perdón y disculpas sos vos, no yo.

—¿Te arrepentís de algo de aquellos tiempos?

—Es que no hay que engañarse, las cosas han cambiado mucho en estos años. Denuncié violencia familiar y fue comprobada por peritos y demás. De alguna manera fui pionera en eso. Yo creo que en ese sentido fue muy duro tomar la decisión, pero a la vez no tenía cómo defenderme. Y tenía miedo, porque tenía miedo sobre todo de que mis hijos salieran muy lastimados.

Sierra y arte

Alejada de los medios y dedicada al arte plástico, Silvana Suárez asegura que tiene una nueva vida. “Cuando conozco a Edgardo Giménez, que es un gran artista, me guió con distintos ejercicios y me dijo: ‘Tenés que hacer estas manchas, hacelas en grande’. Y ahí empecé. Y descubrí algo que no conocía: ahora me encanta el abstracto y estoy trabajando en eso”, cuenta.

También tuvo una breve incursión política, cuando este año la convocaron para que se postulara como candidata a intendenta de un pueblo serrano. “Pasa que aquí no había candidatos. Según lo que los amigos me decían estaba la misma gente de siempre y me lo propusieron. Entonces dije: ‘Bueno, me puedo postular yo. Puedo hacer un aporte al turismo y rodearme de la gente idónea’. Después me dijeron que se guardaban la política para los nativos de acá. Y lo tomé con soda. Yo me acerqué porque no había gente y estaba dispuesta a hacerlo. Pero mi vida está centrada en otra cosa, en el arte, en la arquitectura", apunta.

—¿Cómo son tus días hoy, alejada de los medios y la exposición, con tus hijos grandes?

— Mis hijos son totalmente independientes. Un poco pasé el síndrome del nido vacío cuando se independizaron prácticamente juntos. Yo no estaba preparada para eso, y claro, me agarró un re bajón, tuve un problema existencial bastante fuerte porque yo pensé que iba a ser un cambio un poco más paulatino.

—¿Llevás una vida más espiritual ahora?

—Yo dejé el análisis por las constelaciones familiares en Buenos Aires, hice casi cuatro años de constelaciones familiares. Eso fue también darse vuelta como un guante. Y después seguí acá, en Córdoba: hice dos años de terapia emocional, terapia neural, y con biodecodificación, también con bioneuroemoción. Es un pilar fundamental de mi vida conocerme a mí misma. Saber realmente quién soy. Y quiénes somos ¿no? Y abrir la conciencia, me parece que para eso vinimos.

—Habiéndote dedicado a cuestiones que tienen que ver con el cuerpo durante tu etapa como modelo, ¿te preocupa el paso del tiempo?

— Por suerte no quiero tener 20 años ni tener el cuerpo de 20 años. Me gusta estar delgada o sin sobrepeso. Pero por un tema de salud, por estar con mejor movilidad. Pero no soy una persona que esté obsesionada con eso ni mucho menos. De todas maneras, nunca me dan la edad que tengo.

—¿Estás en pareja?

— No, hace bastante que no estoy en pareja y no es fundamental para mí estar en pareja. Nunca lo fue. Nunca. Pero sí, obviamente, cuando te enamorás, el amor es maravilloso. Pero para mí es muy importante estar bien conmigo misma para poder después estar bien con otro. Uno no puede dar lo que no tiene.

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