Los viernes del CRU eran un clásico. La mejor época se dio a partir de 2003 con el cambio de lugar del boliche al teatro San Martín de Independencia entre Rawson y Garay. Sabías de antemano que era una fiesta asegurada”, dice Alejandro Piloñeta, ex presidente del CRU, una ONG que nuclea a los universitarios que vienen de distintos lugares del país a estudiar a Mar del Plata.

El CRU es recordado como el boliche donde el vaso de cerveza se vendía a un peso. En aquella época, un trago no bajaba de 15 pesos en los bares de Alem. “Nuestra premisa siempre fue tener los precios lo más baratos posibles porque a los estudiantes se les complicaba pagar un trago. Las empresas nos hacían buenos descuentos en las bebidas alcohólicas, a partir de convenios que lográbamos con el respaldo de la ONG”, cuenta Piloñeta, un joven de Río Gallegos que vino a estudiar a la ciudad y se recibió de abogado.

CRU5.jpg

El CRU no era para exquisitos: en la barra las botellas de primeras marcas brillaban por su ausencia y el barman servía la cerveza y los tragos en vasos de plástico. “No vendíamos fernet Branca. Teníamos el 1882 y la aceptación fue muy buena”, señala Piloñeta, que ingresó al CRU en 2006 y estuvo hasta 2012.

“Había promociones prácticamente al costo.Los precios eran muy baratos, accesibles para todos”,destaca Leandro Petrocco, un joven de Santa Rosa (La Pampa) que se recibió de abogado en la ciudad. A la hora de elegir una anécdota, menciona la noche mil del CRU.Fue un festejo especial y esa noche explotó de gente.

La plata que recaudaban en el boliche la destinaban a mantener la ONG, que llegó a otorgar 200 becas de estudio por mes. “Esa era la función del CRU. Si no hubiera sido por la ONG, no sé si yo hubiese podido estudiar. Me ayudó mucho a poder sostenerme con las becas”, remarca Piloñeta. Y enseguida agrega: “Parecía raro que semejante estructura no tuviera dueño, pero era así. El dueño del boliche era la misma ONG”.

Para entrar al CRU había que cumplir un requisito indispensable: ser estudiante universitario. Quien no mostraba la libreta de la facultad se quedaba afuera. Aunque en algunos casos aislados hacían una excepción y los dejaban pasar. En el momento de mayor auge, se formaban largas colas de hasta una cuadra. Eso sí: los socios que pagaban la cuota de la ONG entraban sin hacer fila.

En la puerta del boliche se daban situaciones insólitas: había jóvenes que mostraban una libreta trucha y hasta mentían para poder entrar. “A veces algunos se olvidaban el certificado y les hacíamos preguntas para corroborar que eran estudiantes. Una noche un chico nos dijo que estudiaba abogacía y cuando le preguntamos qué materia estaba cursando, nos dio una respuesta increíble: ‘Matemáticas’. Nadie quería perderse la noche del CRU”. Piloñeta no exagera: hubo viernes que llegaron a meter más de mil personas.

CRU15.jpg

La puerta la manejaban los propios estudiantes que estaban a cargo del boliche y eran ellos los que decidían quién entraba. “El que pedía el documento era un pibe que estudiaba en la facultad con el joven que quería ingresar al CRU -recuerda-. En los otros boliches esa función la cumplía un patovica. Acá hasta eso era distinto”.

En el CRU, la estrategia de levante se mantuvo prácticamente inalterable a lo largo de los años. Los jóvenes que sacaban a bailar a las mujeres a la pista no se apartaban del libreto y solían romper el hielo con una pregunta clásica: “¿De dónde sos y qué estudiás?”.Los más memoriosos recuerdan que en medio de la noche aparecía en la pista un hombre que vendía floresy más de uno recurría a esa arma de seducción para intentar sellar la conquista.

Las anécdotas abundan sobre la famosa escalera resbaladiza del CRU. “Todo el mundo se caía ahí”, dice entre risas Ricardo, un joven que iba seguido al boliche con sus amigos. Los baños de hombres estaban en el primer piso y la escalera era un constante desfile a lo largo de la noche. “Se ponía media patinosa a veces y varios se resbalaban. Nos cansábamos de ponerle cosas a la escalera para que la gente se frenara, pero siempre algún tropezón había”, rememora Piloñeta.

CRU8.jpg

Nicolás, un joven fanático del CRU y conocedor como pocos de la noche marplatense, confiesa que le genera nostalgia recordar esas noches "mágicas" de viernes. "El que nunca pisó ese boliche no sabe lo que se perdió -afirma-. Era único: los baños se inundaban, las paredes chorreaban y había dos rampas con barandas. Me acuerdo de todo como si fuese hoy. Hermosos recuerdos".

El CRU abría de marzo a diciembre y era el único boliche que cerraba en verano. “Teníamos personal de seguridad, pero no se generaban conflictos porque el clima que se vivía era el de un grupo de amigos que se juntaban a bailar en su lugar de pertenencia -sostiene Piloñeta-. Cualquiera que fue al CRU te va a decir que era diferente a ir a otros boliches. Era una fiesta universitaria”.

En la ultima etapa, el CRU comenzó a cobrar entrada: las mujeres pagaban 5 pesos y los hombres 10 pesos. “Eran precios bajos. La idea era poder sustentar todo lo que hacía la ONG”, explica. Las promociones seguían siendo tentadoras: en 2012, en la barra vendían dos fernet por 15 pesos.

Las inolvidables noches del CRU terminaban con una foto grupal en la que los encargados del boliche desplegaban con orgullo una bandera escrita en letras azul y roja que rezaba: “El CRU no se explica, se vive”.

“Me gustaba mucho ir al CRU que funcionó en Independencia casi Avellaneda. Para mí ese fue el mejor de todos. Era como una continuación al boliche del pueblo de donde venías, en mi caso Mechongué. Te podías subir a bailar arriba de un parlante por unos segundos que no pasaba nada”, recuerda Nelson, uno de los barman más carismáticos del CRU. En esa barra solía acodarse Hernán, un estudiante de Benito Juárez que no se perdía un viernes con su amigo Luciano, más conocido en el mundo de la noche como "El gerente". “El CRU fue el mejor boliche de Mar del Plata”, sentencia Hernán.

Maxi Ibañez, un joven de Tres Arroyos que vino a estudiar a Mar del Plata y se recibió de periodista deportivo, también guarda los mejores recuerdos del CRU. “Era una cita obligada los viernes, sobre todo para los que no éramos de Mar del Plata. Era ir y reencontrarse con amigos de tu ciudad o compañeros de estudio que también lo sentían propio a ese lugar. Siempre se vivía un clima de fiesta. Era sinónimo de diversión", cuenta.

"Casi siempre iba con mis amigos Panchi, Mendo y Vitale. A veces se sumaba Fran. Un grupo de pibes de Tres Arroyos, Laprida, Balcarce y Mendoza. Amigos desde que estudiábamos periodismo deportivo en Deportea. Hasta el día de hoy nos acordamos de tantas anécdotas que vivimos ahí adentro. El CRU nos regaló muchas alegrías, sin dudas", dice Maxi.

El CRU tiene también sus detractores. Hay mitos que cobraron fuerza con el paso del tiempo, pero quienes estaban a cargo del boliche salen al cruce de las críticas: “Uno se cruza con gente que te dice que vendíamos cualquier cosa, que rellenábamos las botellas. Yo que lo viví desde adentro me río porque sé todo lo que laburábamos. No hay que perder de vista que nosotros al mismo tiempo teníamos que estudiar. Era todo a pulmón”.

Poco a poco, el CRU fue perdiendo terreno en la noche marplatense. La época de esplendor ya había quedado atrás y el final se veía venir. Los rumores se confirmaron: cerró en 2012. “Cambió la noche en Mar del Plata a partir del auge de las cervecerías y bares”, explica Piloñeta. “Además, las fiestas de los centros de estudiantes en la facultad nos golpearon fuertemente -admite-. Era nuestro mismo público”.

Otro factor que influyó fue la ley impulsada por el entonces gobernador bonaerense Daniel Scioli que limitó el horario y la venta de alcohol en los boliches. “Esa ley mató la noche-asegura-. Fue muy difícil que el público entendiera que tenía que entrar a bailar a un boliche a las 12 de la noche cuando estaba acostumbrado a hacerlo a las 2 de la mañana. Las fiestas del CRU terminaban cuando se iba el último”.

También -dice- repercutió la decisión del por entonces intendente Gustavo Pulti de trasladar los bares de Alem a la zona de Playa Grande ante las fuertes quejas de los vecinos por los ruidos molestos.

Tras el cierre del boliche, en 2012 la movida del CRU se trasladó a un ambiente más chico: el bar Residente de Córdoba y Bolívar, en pleno centro, pero la iniciativa duró apenas un par de meses. También organizaron fiestas en Sobremonte para recaudar fondos y mantener algo de la vigencia perdida.

El CRU es, también, sinónimo de solidaridad. Corría el año 2000 cuando a un estudiante se le prendió fuego el departamento. Los socios de la ONG no se quedaron de brazos cruzados: pintaron el departamento, consiguieron muebles y lo reacondicionaron. “Eso era el CRU, más allá de la diversión”, dice Piloñeta. No fue un gesto aislado: el CRU les prestó la plata para el pasaje a dos jóvenes de Perú que habían venido a estudiar a Mar del Plata y hacía dos años no veían a su familia.

La ONG, que llegó a tener más de tres mil socios, brinda apoyo a los estudiantes universitarios en la etapa de formación. “Nuestro objetivo es acompañarlos, principalmente a aquellos que son de otras ciudades y están lejos de su familia. Buscamos asesorarlos, ayudarlos y darles contención”, explican desde la institución. Pero no sólo eso: también tienen un fuerte compromiso social y apadrinan comedores.

La sede social está ubicada en Guido 3036, a pocos metros del complejo universitario, donde brindan beneficios, becas de estudio, descuentos en fotocopias, impresiones, servicio de lavado de ropa y rebajas en negocios para los socios. Además, los estudiantes pueden utilizar la biblioteca, las computadoras con acceso a internet, la cocina, el salón de usos múltiples, la sala de estudio y los juegos. Para hacerse socio hay que ser alumno regular de cualquier carrera universitaria o terciaria.

La casa del CRU sigue abierta, pero Piloñeta reconoce que no tiene el mismo auge. “Desde que cerró el boliche, no tenemos el sustento económico para mantener la misma estructura de antes -confiesa-. Tampoco tenemos la misma cantidad de chicos. Nos hace falta que los jóvenes tengan la necesidad de que vuelva a existir el CRU”.

Desde la ONG admiten que la realidad cambió. Hoy, dicen, el estudiante que viene del interior no es el mismo de los años 80, 90 y principios de 2000. “En nuestra época, tener una tarde libre era ir a la casita del CRU para encontrarte con amigos de la facultadque estaban pasando por lo mismo que vos. Nosotros sabíamos lo que era estar lejos de la familia y extrañarlos. Las llamadas telefónicas se hacían una vez por semana”, recuerda Piloñeta. “El CRU era como nuestro Facebook. Ese espíritu nos marcó”, acota Petrocco.

Ahora, en cambio, los estudiantes están en contacto permanente con los familiares a través de las redes sociales. “Eso hizo que cambiara mucho la pertenencia de tener que ir a un lugar -explica Piloñeta-. El acceso a Internet prácticamente lo tienen todos los chicos que vienen a estudiar. Todo se fue desvirtuando”.

En 2014, el CRU recibió un reconocimiento por parte del Concejo Deliberante al cumplir 30 años de su creación. El acto fue emotivo y participaron todos: desde los socios fundadores hasta los últimos jóvenes que se sumaron a la ONG. La imagen de aquel día que guardan de recuerdo los muestra sonrientes y abrazados. Una imagen que simboliza la historia de hermandad del CRU.

Los nuevos socios del CRU solo conocen por fotos el boliche que fue un clásico de la noche marplatense. Pero no dejan de sorprenderse con las anécdotas que cuentan los históricos integrantes de la ONG en los asados de fin de año: “El CRU era como ir a un cumpleaños de 15 todos los fines de semana”.

Comentá y expresate