Por los Profesores Eduardo Ferrer y Sebastián Ramirez

El Centro Juventud Católica se encontraba ubicado en ese límite difuso que separa dos barrios bien característicos de la ciudad, el de La Perla y el de Nueva Pompeya. Se convirtió con el correr de los años en una de las pocas entidades locales que logró generar, hasta entrado los años 80´, una formación integral basada en la constitución religiosa, social y deportiva cada uno de sus miembros. Los colores que identificaron a la institución, durante más de cuatro décadas fueron el blanco, el verde y el rojo, que representaban en orden, el tono de la nieve, los frutos conseguidos y la fuerza pasional de la juventud al intentar educarse en los valores cristianos. El objetivo siempre estuvo claro; crear una actividad deportiva para los jóvenes de la zona que atrajera a niños y adolescentes a la fe católica.

Con dicho fin, se fundó un 10 de agosto de 1946 este proyecto institucional, ideado por un grupo de entusiastas, que, dirigidos por el padre Conrado de Adiós, contaba con una sede cuya entrada principal era por calle Maipú a la altura del 4020. La entidad tricolor supo tener, además, su propia cancha de básquet al aire libre sobre Deán Funes, donde funciona en la actualidad el colegio de la Parroquia. La creencia que lo primero era educarse, lo segundo era divertirse y recién lo tercero era vencer, fue la premisa formativa de esta institución, pionera en la historia de la Asociación Marplatense de Básquet. Por sus filas pasaron viejas glorias del deporte como Nicolás Dafnos o el “Ruso” Muñoz, quien fuera base del equipo a fines de la década del 70´. Además de ser uno de los originarios nucleamientos deportivos en contratar jugadores extranjeros de nacionalidad uruguaya en tiempos donde nadie lo realizaba, intentando modernizar y profesionalizar el básquet de la ciudad.

clubes de barrio 2.jpg

Fue, en esa misma cancha a la intemperie, donde jugadores y aficionados recurrieron a la inventiva, procediendo a implementar todo tipo de estrategias para no sufrir las inclemencias del cambiante y traicionero clima marplatense. Cuando los partidos se extendían más allá de la puesta del sol y el frio del otoño-invierno comenzaba a calar los huesos de los presentes, los simpatizantes del club, utilizando troncos y ramas secas de algún que otro árbol, de calle Maipú, encendían en barriles, vigorosos fuegos al costado del recinto deportivo mientras los partidos se disputaban regularmente.

Como las hogueras en las Noches de San juan que iluminan los pueblos en distintas partes del planeta desde tiempos inmemoriales, esas fogatas permitían con su incandescente claridad alumbrar los distintos sectores del rectángulo de juego, generando una imagen Platónica que mostraba entre sombras, los picanroles y escurridizos desmarques de los players locales, en disputados encuentros con rivales de la talla de Estudiantes del barrio Terminal, Independiente, Unión, Cadetes, Quilmes y Kimberley.

Justamente contra el “Rojo” de San Juan y Ayacucho, se vivieron los apasionantes clásicos de los años 60, cuando si bien los encuentros ya se disputaban bajo techo, la sombre de los viejos fuegos todavía hacían de las suyas. Cuentan, los que por aquel entonces eran cadetes del club y hábiles jugadores como Lopetegui, Vidal y Caucaveni, que un viejo cuidador, del antiguo templo, encendía columnas ígneas que dibujaban imágenes chinescas por las ventanas del reducto de juego. Otros testigos del barrio afirman que la treta fue motivada por aquel bochornoso clásico que terminó en una gresca generalizada dentro del “cajón de manzanas”, tal cual llamaban con sorna los hinchas tricolores a la “cancha del diablo”.

Esos improvisados atizadores del fuego, en muchos casos hinchas anónimos de Juventud Católica, donde no faltaban familiares y abundaba más de una novia y amigos, nunca supieron que, quizás, no solo templaron las manos congeladas de desprevenidos espectadores, sino que también aportaron el combustible emocional para mantener el fuego sagrado de varios equipos del club que incluso pelearon campeonatos. En definitiva, fueron los artífices de avivar la llama eterna de una institución tan cálida, que pervive en el recuerdo de propios y ajenos.

“El club es el encuentro del barrio, no solo deportivo, sino de lo social”. Sigamos protegiendo la historia y el presente de estos clubes. Encontranos en @100clubesdebarrio

Aparecen en esta nota:

Comentá y expresate