Por Raquel Pozzi

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La propia arquitectura del conflicto entre Ucrania y Rusia es una consecución de acontecimientos de la realidad que el tiempo tardó enormemente en desgastar en la memoria histórica. ¿Por qué? Porque los actores involucrados, Rusia y Ucrania, son protagonistas de una historia que entre las sombras se desgranó por la extensión de la misma. Veamos. Luego de la disolución de la Unión Soviética en diciembre de 1991, se ha mantenido hasta la actualidad, la Organización de Tratado del Atlántico Norte -OTAN- sin el rival que en el proceso de la Guerra Fría se había constituido a través del Pacto de Varsovia en mayo de 1955 como respuesta a la formación de la OTAN. Esta situación se tornó en un desvelo y en un dilema para el actual presidente de la Federación rusa, Vladimir Putin. Desde la anexión de Crimea a través de un referéndum predecible, Ucrania y Rusia sostienen una relación entre las sombras debido a las violaciones sistemáticas a los Protocolos de Minsk I y II firmados en la capital de Bielorrusia y auspiciado por la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa -OSCE- que establecían el alto al fuego en la región de Donbass al este de Ucrania, donde se encuentran las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk. A pesar del alto al fuego, las interpretaciones de estos acuerdos tanto de rusos como ucranianos dificultaron la aplicación y las escaramuzas militares siguieron, mientras la OTAN y los Estados Unidos se convirtieron en meros espectadores.

Reconfiguraciones geopolíticas.

Hasta aquí nos ha quedado claro que sobrevive la OTAN y que la Federación rusa pretende mantener el discurso bélico de los tiempos de la Guerra Fría. Para ser congruente con el equilibrio en el análisis, esto es así, la OTAN se reconfiguró, avanzó y se expandió en la cantidad de miembros y ese “Telón de Acero” que Winston Churchill había diagramado en 1946 “Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático” es hoy una frontera que avanzó sobre estados que pertenecieron a la URSS, situación que es provocativa para la visión y ambición geopolítica del presidente Vladimir Putin. La incorporación a la OTAN de los estados bálticos de Estonia, Lituania y Letonia como también Polonia y los deseos anunciados por actual presidente de Ucrania Volodímir Zelenski de integrar la Organización del Atlántico Norte, terminó por sellar en el imaginario de V. Putin, un diagrama de conjeturas amenazantes de los países occidentales europeos sobre los estados que fueron parte de la gloria soviética. El argumento ideal es la “Gloria y la nostalgia soviética” para el presidente ruso, al considerar la actual ofensiva militar lanzada contra Ucrania, como una “operación militar especial ” y no como una declaración de guerra. La pregunta es contundente ¿Es un error el avance de la OTAN hacia el este europeo? La respuesta concreta es “error estratégico” Rusia es una gran potencia militar y sobre todo nuclear y su capacidad operativa es letal, sobre todo con respecto a Ucrania que posee la voluntad civil y viejos esquemas tácticos de guerras, una muestra cabal de asimetría del poder militar.

¿Culpas compartidas?

Ucrania ha sido considerado desde la etapa soviética hasta la actualidad como el enclave territorial, económico y social más importante y que ha funcionado como “estado tapón” en el avance de la OTAN en la incorporación de los estados mencionados, sin embargo, el reconocimiento por parte de la Duma rusa de la independencia de las Repúblicas Populares de Donesk y Lugansk fue el reflejo de las pretensiones del mandatario ruso ya que nada en Rusia se mueve sin el aval del premier. Esta maniobra se encolumna detrás del objetivo propio de la política doméstica de Rusia, el fortalecimiento del capital político de V. Putin y que no queden dudas que puede desdecirse cuando lo considere. Los diferentes anuncios que se realizó desde Moscú viraron entre el retiro paulatino de las fuerzas militares de la frontera, la negación ferviente que Rusia no iba a ingresar al territorio ucraniano y que la prensa occidental coqueteaba con anuncios rimbombantes sobre una futura guerra. El antagonismo entre el dicho y el hecho, nos propone una situación sumamente delicada: la ausencia de solvencia y credibilidad de la palabra de un presidente en el S. XXI y en estos términos, es un gran retroceso para la estabilidad global.

En mis análisis con respecto a este conflicto, siempre primó la importancia de la diplomacia, aunque débil y a los tumbos, pero diplomacia al fin. Hoy me asiste el dolor de pensar que la diplomacia falló sea por los errores compartidos y esto es preciso aclararlo y ser contundente. Con regímenes dispuestos a utilizar la fuerza, no es suficiente la disuasión ni la diplomacia y el Occidente europeo, junto a los Estados Unidos disociados, des perdigonados y hasta enemistados son conscientes de ello, sin embargo, el presidente estadounidense Joe Biden insiste con severas sanciones económicas que, aunque asesta costos altos para la economía rusa no obstante la concreción de la doctrina de la audacia y el cinismo esta por encima de la variable económica. Por otro lado, la Unión Europea se refugia en la necesidad de encontrar nuevos socios, en el contexto de graves sanciones, para abastecerse, especialmente, de gas y romper la dependencia con Rusia. ¿Y China? el gigante asiático es cauto, el silencio de Xi-Jinping tiene que ver con sus propios intereses que no van en línea con la variable militar, seguramente estará tomando nota y pensando con los tiempos y la habilidad que lo caracteriza.

Si la anexión de Crimea y los débiles Protocolos de Minsk I y II no fueron suficientes para develar la envergadura del conflicto, evidentemente están llegando tarde y mal. Los servicios de inteligencia subestimaron la retórica bélica de V. Putin. No se cuestiona el rol importante de las Inteligencias, sobre todo en tiempos de ciberseguridad, pero si, hay serias dudas de la celeridad de los estados con la cual abordan los problemas. Desde el 11 de septiembre del 2001 que van detrás de los hechos, o no, permítanme la duda. Soslayar algunos acontecimientos es también construir en el caos.

Estamos ante una flagrante violación a las normas del Derecho Internacional como es el principio de “Igualdad Soberana” y el de “No Intervención” por la violación de la integridad territorial ucraniana. Las fronteras internacionales que fueron reconocidas y aceptadas por resoluciones de la Asamblea General de la ONU, resolución 2131 (1965) y 2625 (1970) hoy están siendo vedadas. También es preciso considerar que, en el Consejo de Seguridad de la ONU, Rusia es uno de los cinco miembros permanentes y cuenta con poder de veto, lo que implica que es prácticamente imposible que el máximo órgano multilateral de decisión de la ONU, pueda aprobar cualquier resolución de la actual crisis.

El mandatario ruso va por la reconfiguración geopolítica con la fuerza militar, con el rescate de lo que considera su propiedad -los estados que pertenecieron a la era soviética- esto implica la anexión del Este y Sur de Ucrania, restaurando la gran “Rusia eslava”, pero también la injerencia en asuntos internos como desestabilizar el actual gobierno ucraniano y neutralizar de esta forma el ingreso de Ucrania a la OTAN. Cambiar las piezas del tablero en el este de Europa le permitirá a V. Putin vivar “Jaque mate” con el puño cerrado sobre un tablero de cartón ajado y viejo que hace a la vez de un mapa con aromas rancias. Porque también es preciso decirlo, el statuquismo desde 1991 no se adecúa a las realidades del S. XXI con escenarios nuevos, pero con herramientas de resoluciones vetustas e inoperantes. Mientras tanto, los ucranianos con el temor en sus miradas, comienzan a pensar si vuelve el terror rojo, no por el comunismo, aclaración importante, sino por la crueldad que está registrado en la memoria y como ejemplo rescato el genocidio Holodomor ucraniano entre 1932-1933, hambruna anti-natural que asesinó a más de un millar de personas y que Stalin se propuso como castigo a los Kulaks -pequeños propietarios de tierra- para expropiar las cosechas de trigo y aplicar el programa de colectivización de tierras. No podemos negar que en términos de purgas son especialistas.

Como no tener empatía con el pueblo ucraniano, como no pensar en clave histórica, como no sentir las frías temperaturas y el frío sudor del miedo ante el embate de las monstruosas tanquetas rusas como emblema de una guerra. Ucrania está sola y la hipocresía de lo que suele llamarse “comunidad internacional” camina de puntillas sobre un terreno minado por la impericia y el abandono.

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