Cuando comenzó la pandemia y las medidas sanitaras llevaron a un aislamiento social, Andrea Piñeiro y Maximiliano Stabile se quedaron sin empleo. La temporada había finalizado en forma abrupta y tuvieron que cerrar la panadería que tenían en un balneario del sur. Pero, lejos de quedarse con los brazos cruzados, decidieron encarar un emprendimiento para los más chicos. Así nació Apana Kids (@apanakids en Instagram).

“Nos agarró la pandemia sin trabajo, como a mucha gente. Una amiga de Buenos Aires me sugirió que hiciéramos algo para los chicos y como Maxi sabe pastelería, se nos ocurrió hacer kits de galletitas para decorar. De repente fueron el boom”, cuenta Andrea, que se encarga de tomar los pedidos y de difundir el emprendimiento en las redes sociales.

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El primer sábado luego de lanzarlo vendieron 15 kits. El fin de semana siguiente fueron 55. Y el crecimiento nunca se detuvo. “Fue fuerte porque no estábamos organizados. Tratamos de ver cómo hacíamos para cumplir con todos los pedidos”, señala Maximiliano.

La pareja tiene un hijo pequeño, Salvador, y sabían por experiencia propia que entretener a los niños y niñas en el asilamiento no era tarea sencilla. “Tuvimos buenas repercusiones, los padres nos decían que les salvábamos las tardes”, expresa Andrea, y agrega que “la cuarentena fue compleja para todos”. “Alquilamos, tenemos gastos fijos, de un día para el otro se cerró todo, pero de a poco se fueron dando las cosas para que el emprendimiento siguiera creciendo”, destaca.

El furor fue el kit “mini pasteleros”. Los primeros fueron realizados con ingredientes que tenían en su casa, y a medida que los comercios abrían sus puertas incorporaron más opciones, insumos y equipamientos. Además, amigos y familiares aportaron ideas y elementos para sumar a las cajas en las que envían las galletitas o donas.

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Con el tiempo, y con las redes sociales como vidriera, comenzaron a vender en cantidad, al por mayor, para distintas ciudades de la región, como Miramar, y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. “Hay chicas que se quedaron sin trabajo y que venden los productos en otras ciudades”, explica Andrea.

Todo es artesanal y fresco. “Se hornean en el día, trabajamos en la cocina de madrugada hasta mitad de mañana y luego comenzamos con los repartos para que los chicos las tengan para las meriendas”, aclara Maximiliano.

Desde que empezamos, el emprendimiento nos ayudó a subsistir a la cuarentena y, lo más importante, nos abrió un mundo del emprendimiento para niños que es maravilloso y nos llevó a lugares impensados. Estamos felices”, resalta Andrea a modo de balance del emprendimiento familiar que no para de crecer.

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