Si el siglo XX fue cambalache, el XXI es "reality show". A casi 100 años del estreno del emblemático tango, cualquier talentoso letrista podría escribir hoy una nueva canción en la que representara cómo todo se ha vuelto exhibicionismo.

Al menos, en su obra más famosa, Discépolo hablaba de lo malo que ocurría pero no mencionaba que estuviera expuesto. Al contrario: cuestionaba a quienes vivían en la impostura. El extraordinario artista popular constantemente hacía referencia a los defectos y a las pésimas costumbres del ser humano, que impedían e impiden el desarrollo y el progreso colectivo. Pero en ningún momento refería que todo eso figurara a la vista del resto. Y ahí reside la genialidad de la pieza.

En cambio, si existiera un ingenioso artista capaz de esbozar y materializar una idea de cómo es la sociedad actual, no se podría obviar que todo, pero absolutamente todo, está sujeto a la mirada ajena. Y llama la atención cómo eso interpela y posiciona a cada uno de los ciudadanos.

Por citar ejemplos, las redes sociales han hecho que cualquiera con un teléfono celular en sus manos tenga el poder de idolatrar al otro o de destruirlo morlamente. A un ex vicepresidente corrupto, a una cirujana de country con insólitos aires de alta alcurnia, además de ideas y palabras desechables, o a un simple trabajador que toma mate en una playa céntrica que no le agrada a la mujer anterior. Y todo es noticia. Todo es "contenido", como lo llaman ahora, cuando en realidad contenido es lo que menos hay. Porque todo es fácil de mostrar, maleable y consumible rápidamente.

La cultura del "reality show" que atrajo a la sociedad a través de la televisión desde el año 2000 transformó al menos a dos generaciones de jóvenes en "estrellas" autoproclamadas. Todos quieren o creen ser alguien que no son, y buscan que otros los sigan como si fueran en verdad íconos de algo. Prepararse, analizar cada situación para opinar, o tomar el camino difícil hasta alcanzar el supuesto éxito no parece ser una opción. Tampoco mostrarse cómo son verdaderamente.

Entonces los hay modelos que no son modelos en Instagram, periodistas que no son periodistas en Twitter, intelectuales que no son intelectuales en Whatsapp, ídolos televisivos que no son ídolos televisivos en YouTube, elfos que no son elfos en Snapchat, y militantes que no son militantes en Facebook. Es cierto que el modelo de comunicación de la posmodernidad genera nuevos roles, pero también lo es que crea, a la vez, demasiados farsantes.

Y en la cultura del "reality show", donde todo debe ser expuesto, cualquiera se convierte en una superestrella virtual o en el blanco de una humillación masiva. Y sucede en un santiamén, con urgencia, pero queda para siempre, aunque la próxima semana sea sólo un recuerdo flotando en la nube de internet porque todo lo que se consume a nivel cultural es hoy efímero y veloz. Mañana ya es viejo.

El que no esté dispuesto a vivir en el escenario implícitamente planteado, pasará desapercibido, con todo lo que ello implica para una sociedad en la que pertenecer parece ser lo único que puede asegurar supervivencia. ¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!

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