jueves 26 de enero de 2023

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100 clubes de barrio

"El Santo Verde y sus camisetas", una historia de 100 clubes de barrio

La columna dominical en Ahora Mar del Plata de los profesores de Historia, Eduardo Ferrer y Sebastián Ramirez

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Por los profesores Eduardo Ferrer y Sebastián Ramirez

¿De qué sirve ganar el mundo, si al final pierdes el alma? Dijo Ignacio de Loyola, el popular santo de los humildes nacido en el año 1491 y fundador de la congregación jesuítica. En Mar del Plata, un club de rugby decidió bautizarse con ese nombre, a partir de la escisión producida en un equipo tradicional de la disciplina. Elegida su denominación, el relato de la elección de su color identificatorio resulta tan simple como paradójico.

La historia del “verde”, de Valle Hermoso sitúa su punto de partida un 31 de julio del año 1979. Por aquél entonces, un nutrido grupo de personas dio vida a un club que para muchos marcaría un antes y un después en la trayectoria del rugby local. Las primeras reuniones pusieron a discusión la denominación del mismo, que terminó zanjándose a favor del líder jesuítico, casi por una cuestión de calendario: la fecha fundacional coincide con la celebración del patrono religioso. Ahora bien, algunas voces presentes en aquél cónclave aportaron otro dato esencial, esgrimiendo que la figura del patrono de los desfavorecidos, graficó sus diferencias con un referente litúrgico que identificó a otro club de la Unión.

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De los socios fundacionales son varios los que siguieron transitando por la vida institucional como una forma de reforzar la propia identidad: Carlos Marenco, Martín Riego, Raúl y Rodolfo Bonomo, Alejandro Villanueva, el “flaco” Letamendía, Martín Del Ré, Gustavo Weiss, Eliseo Pérez, Daniel Benito, Marcelo Martínez Peralta y el “Gurí” Minguez, entre tantos otros. La idea madre de crear una entidad dedicada al rugby surgió de un hecho fortuito: al haber sido suspendidos varios jugadores que representaban a Sporting para jugar en el seleccionado. Esa generación de “veinteañeros”, frente a las disidencias dirigenciales, tomó la decisión de germinar su propio club. La decisión generó una ofensiva por parte de las autoridades de la entidad “blanca y negra” para suspender, por dos años y más, a los jugadores que habían emigrado.

De ésta cuestión se hizo eco la Unión de Rugby local que rubricó la misma y debió esperarse hasta la renovación de la Comisión Directiva, para que se condonaran las penas. Es más, por sugerencia de la UAR (Unión Argentina de Rugby) se procedió a una asamblea, donde la gran mayoría de las instituciones respaldaron la conformación de San Ignacio. Mientras tanto, atendiendo a que la suspensión les impedía no sólo jugar, sino también ocupar cargos dirigenciales, tuvo que pensarse en soluciones para oficializar la vida institucional. Fue entonces que se recurrió a los padres para poder armar una comisión directiva con estatus legal y dar el bautismo concreto.

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Faltaba ahora el color de la camiseta del club y no era un detalle menor, toda vez que los fondos no eran suficientes para la compra de un equipo nuevo y completo. Se recurrió entonces a que cada integrante del equipo juvenil que iba a debutar, le llevara una camiseta que tuviera a la dirigencia y ésta las haría teñir del tono que cubriera las diferencias. En muchos casos, como los pibes recién arribados al deporte no poseían indumentaria apropiada, los mismos jugadores suspendidos aportaron sus antiguas casacas:

“Logramos formar un equipo de chicos jóvenes, eran jugadores de cuarta división. Y tenían que jugar su partido y era el primero que iba a disputar el club. Entonces ¿qué hicimos? Juntamos un montón de camisetas y yo fui a ver a un tintorero para llevárselas, que eran todas de diferentes colores. Le dije ¿qué se puede hacer con esto? Tienen que quedar todas del mismo color. Y me respondió, el único color que unifica todo esto, es el verde. Nos reunimos un día para discutir el color de la camiseta en la casa de mi hermano. Empezaron con que debía tener una raya, otra raya. Yo les dije el color es verde, ya se eligió y jugamos un partido con esa camiseta.” Sentenció uno de los fundadores de la entidad. El color ya no fue motivo de discusión, aunque según testigos de aquél partido, las casacas mostraban de fondo algunos rasgos de sus clubes antiguos.

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En referencia a las casacas que identificaron al club, no sólo aquellas teñidas tienen una historia especial, sino también el primer juego oficial que usó San Ignacio revive una anécdota increíble. La misma hace referencia a un equipo juvenil armado para giras en el exterior, representativo del seleccionado sudafricano: “The Gazelles”, cuyo uniforme verde se remata en cuello rojo, la indumentaria que utiliza el elenco de Valle Hermoso.

Aquél mismo fundador y jugador del equipo mayor rememora: “el hermano de Carlos Marenco vivía en Sudáfrica y tuvo que recibirlo a Víctor Emilio Galindez, cuando fue a hacer una gira por aquél país, y organizar toda la logística. Carlos le pidió a su hermano que le compre un juego de camisetas y la mejor forma de enviarlas a la Argentina le pareció que era en el equipaje de Galindez. Así que el boxeador fue quien nos trajo nuestro primer juego de camisetas.” Entre rugby y boxeo, entre tintorerías y sueños de futuro, entre la geografía local y una nación enfrentada por el apartheid, construyó su historia esta institución deportiva que crece día a día.

“El club es el epicentro del barrio, no solo deportivo, sino de lo social”.

Sigamos protegiendo la historia y el presente de estas instituciones.

Buscanos en: @100clubesdebarrio

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