jueves 13 de junio de 2024

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Las cartas de "Lalo": la guerra de Malvinas en puño y letra

Un ex combatiente repasó con Ahora Mar del Plata los textos que enviaba a su familia, con tan solo 18 años, mientras estaba en las islas

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Por Clara López Tonón

“Les digo que no me van a reconocer. Tengo como 15 o 20 kilos menos. ¡Qué no cunda el asombro! ¡Tengo una cintura!”. Eduardo “Lalo” Basualdo tenía 18 años y sufría en la guerra de Malvinas cuando le escribió eso a su familia. Hasta tenía la delicadeza de la ironía. “El hambre que estoy pasando es terrible, no hay azúcar en la isla. Así que mami, la pegaste con la encomienda que ruego a Dios que me llegue”, se ilusionaba.

Hace 40 años, cuando estalló el conflicto bélico con Gran Bretaña, el único medio de comunicación de los combatientes con sus seres queridos eran las cartas. Testimonios de puño y letra que reflejaban cómo vivía cada uno lo que para muchos se convirtió en un infierno.

Las cartas de Lalo están en las vitrinas del Centro de Ex Soldados Combatientes de Mar del Plata. Y en su pluma se destaca algo: más allá de la crudeza del relato, buscaba siempre, de alguna manera, darle mensaje de tranquilidad a su familia.

Desde que viajó a las islas, Basualdo les escribió a su padre, a su madre, a su hermano y a su novia. Las misivas y sus respectivas respuestas a veces llegaban y a veces no. “Recibí cinco cartas antes del 1 de mayo, después nunca más”, recuerda en diálogo con Ahora Mar del Plata cuatro décadas después.

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Pisó Malvinas cuando cursaba el último año en el colegio industrial, tras ingresar al servicio militar obligatorio. “En las cartas les expresaba a mis familiares las distintas emociones que tenía. Hay una que es un bajón: les decía que si volvía, bien, y si no, que siguieran con su vida”, memora. “Cuando las releo me doy cuenta que son cosas muy fuertes”.

¡¡Y bue..!! Aquí ando, tirando con esta guerra más loca que no sé qué”, expresaba en la carta enviada el 21 de mayo de 1982. “Recién ayer y hoy recibí las cartas del 25 de abril y 5 de mayo”, agregaba. “Somos tantos que tienen toneladas de cartas y encomiendas (las de ustedes no han llegado)”, remarcaba desde Puerto Argentino, donde estaba con su batería.

Mientras repasa aquellos viejos papeles conservados en fotocopias, Lalo explica: “Pesaba 116 kilos, era grandote, jugaba al rugby, y volví con 69 kilos. Mi vieja cuando me abrazaba lloraba y mi novia no me reconoció. Era muy difícil la vuelta, porque volvimos muy distintos”.

“Mis viejos eran gastronómicos y de los laburos mandaban encomiendas cada tres días. Nunca llegó nada y cuando nos pusieron prisioneros, en los hangares empezamos a ver la comida guardada que se estaba pudriendo. No había logística para repartirla”, lamenta.

A veces pasaban una semana sin comer y tenían que ingeniárselas. “Salíamos a patrullar y encontrábamos plantaciones de papas. Yo volví mal de un riñón, porque comía papa cruda. O sea, la calentábamos, pero era lo que teníamos para comer”, cuenta

En una de sus cartas, luego de pedir disculpas por la “sinceridad” de lo que iba a decir y “la letra horrible”, apuntaba: “La cosa acá va más o menos. Los cabos a un día se levantan bien y otros malísimamente mal y todo es por rumores que hay en la isla”.

“El único día bravo fue el 1 de mayo”, contó en otra. Ese día los ingleses bombardearon Puerto Argentino. Y agregó: “Estuvimos 26 horas apartados porque los ingleses jodían a cada rato”.

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Diario de guerra

Basualdo entró a la “colimba” el 8 de marzo de 1982. “Para mí la experiencia era como ir a un campamento, algo nuevo, quería hacerla”, señaló. El 2 de abril se levantaron temprano, los llevaron a la Plaza de Armas del GADA 601 y les dijeron que Argentina había “tomado las islas”. “Ese día nos tocaba caminar por la ruta; pasaban los autos y nos tocaban bocina, iban con banderas. Nosotros no sabíamos qué pasaba. Nos enteramos de todo después”, detalló.

El 10 de abril los trasladaron a Comodoro Rivadavia y el 16, a las 19, aterrizaron en Puerto Argentino. “Antes de aterrizar un teniente nos habló y nos dijo: ‘Piensen y siéntanse orgullosos de estar en este territorio. Millones de argentinos nos envidian. ¡Viva la patria!’”, describió en el primer telegrama que envió desde la Isla Soledad, el 18 de abril.

Sobre su llegada, recordó: “Esa noche nos dejaron cerca del aeropuerto y al otro día nos levantamos y estábamos rodeados de minas. Nadie nos dijo que no íbamos a tener luz. Fuimos sin fósforos, linternas, sin lo que se supone que llevás”, detalló.

El 1 de mayo, a las 5 de la mañana, empezó todo”, recordó. A partir de ahí comenzaron a dejar de dormir, a comer menos y “a ver ciertas cosas”. “El golpe anímico para todos fue cuando los chicos empezaron a caer, y de pronto comenzamos a entender que ya no volvían”, dijo.

“Cuando derribamos un avión empezamos a pensar quién iba arriba. Nos miramos todos en silencio, nos preguntábamos si tenían padre, esposa, hijos. La inconsciencia de no saber, no entender qué estabas haciendo. Nos mandaron y teníamos que hacerlo. Pero después empezamos a pensar un montón de cosas”, agregó.

El 12 de junio les avisaron que tenían que “tirar las armas a un costado”. “Para nosotros era un bajón por los que se habían quedado. No nos queríamos ir. Nos juntamos todos y empezamos a rezar el rosario; aprendí a rezarlo ahí. Nos dijeron que volvíamos”, recordó.

Luego de estar prisioneros en los hangares, partieron en el barco transatlántico Northland hacia Puerto Madryn. Entraron, les dieron comida y algunos incluso recibieron atención médica. “La bronca fue que los ingleses entraban con las banderas suyas y no podíamos hacer nada”, agregó.

El 18 de mayo volvieron a Campo de Mayo. Allí los superiores los llamaban uno por uno para decirles que “no contaran nada” de lo que habían vivido. Finalmente, el 23 de junio llegó a Mar del Plata. Eran 600 soldados.

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Ayudar para sanar

“Tuve problemas psicológicos, tengo seis meses borrados de mi mente. Por suerte me contuvieron mi familia y mis amigos, que se turnaban para dormir conmigo”, resaltó.

No decía que era veterano de guerra, si no, no podía entrar a trabajar. Me pasó en un banco y en Telefónica Argentina”, recordó.

Los golpes anímicos de la posguerra se profundizaban cuando se enteraban que, por diferentes motivos, morían sus compañeros. “Eran pibes que no tenían ayuda, no tenían familia, no tenían trabajo ni contención”, lamentó.

A mediados de los noventa, Basualdo comenzó a participar del Centro de Soldados Excombatientes de Malvinas en Mar del Plata. Quería estar con los demás, colaborar, acompañar.

Luego comenzó a trabajar en la Anses y buscó la forma de ayudar a los veteranos que vivían en distintas provincias y no sabían que tenían pensión. “Nuestra realidad no pasa por lo económico, sino por la salud y la contención. El veterano de guerra estuvo muy debajo de la alfombra siempre”, aclaró. Y con una frase lo resumió todo: “Son 40 años, pero las dos primeras décadas fueron complicadas y dejaron más huellas que los 72 días de guerra”.

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