miércoles 19 de junio de 2024

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100 clubes de barrio

"Te dolió hasta el alma", una historia de 100 clubes de barrio

La columna dominical en Ahora Mar del Plata de los Profesores de Historia, Eduardo Ferrer y Sebastián Ramirez.

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Por los Profesores Eduardo Ferrer y Sebastián Ramirez

Ochenta y siete cuadras son la extensión total de la avenida Luro, desde su inicio en el boulevard Peralta Ramos hasta el nacimiento de la ruta nacional 226. Su primer trazado de tierra, junto a la costa, se convirtió en el epicentro del núcleo originario marplatense, extendiéndose, unos cientos de metros al oeste, las dependencias del gobierno municipal. La lengua de empedrado fue creciendo desde el final del siglo XIX hasta que se pavimentó por primera vez en la década del 30.

A unos metros de aquella vértebra neurálgica, en la esquina de Olazabal y San Martín, se levantaba el “Tango Bar”, un simpático reducto de tragos al atardecer, donde el piberío del barrio San Juan hacía de las suyas y jugaba al tiragol. Esos jóvenes que crecían entre las sirenas del cuartel de bomberos y los caramelos de la fábrica El Amanecer, ubicada a media cuadra, soñaron con la formación de un club que tuvo vida a partir del invierno de 1944.

El Defensores de San Martín eligió identificarse con una casaca auri azul, a franjas verticales, y abrazó como sus deportes predilectos al fútbol y al básquet. También el atletismo y el ajedrez cobraron una relevancia inusitada, a partir de competencias de carácter internacional, donde hasta el joven talento americano, Bobby Fisher, vino a hacer de las suyas en el deporte – ciencia.

Sin embargo, la preocupación de la camada de juveniles dirigentes pasaba por conseguir un reducto donde disputar los partidos de básquet en condición de local. A la vuelta de la sede (Olazabal 1738), donde la casilla del ferrocarril guarecía algún noviazgo furtivo y hacía frente con el local sindical de “La Fraternidad”, se depositaron las miradas. Sobre la mano izquierda de la calle Funes, distante a una vivienda de la avenida, se hallaba el campo de juego del Club Ferroviario, una antigua institución, de carácter más social que deportivo, de la cual nació el tricolor de Luro y Guido.

Alquilada la propiedad y con el objetivo de ingresar a la Asociación Marplatense de Basquetbol, surgió un nuevo obstáculo consagrado en la superficie sobre la cual se disputarían los partidos. La cancha era de tierra y dependía del humor del clima la suerte del bote de la pelota: con la humedad del suelo la “naranja” parecía pincharse en dos piques, mientras que en la temporada de sequías el balón rebotaba como las reconocidas saltarinas.

Once años después de la fundación del club, dirigentes de la talla de los hermanos Issa, Francisco Laroca, Julián Molina, los Scarinsi, Abraham y los Alfieri, asistían a una nube de polvo provocada por la repavimentación de Luro. Luis Issa, impulsado por un rapto pasional, corrió al pronto diálogo con los operarios de las maquinarias. No habían pasado muchos minutos hasta que el resto de la barra acudió con ojos y oídos impávidos al relato y… la posible solución para la cancha.

Algunos operarios, bendecidos por el jefe de la cuadrilla, accedieron a pavimentar el rectángulo con los restos de brea y arena que, mixturados, se usaban para darle un nuevo aspecto a la calle. La cancha del Defensores de San Martín era, por aquella época, una áspera alfombra gris, coronada por aros forjados con el hierro retirado de los rieles que serpenteaban por la zona.

Cuentan los jugadores del Defe que, de los primeros partidos en su fortaleza, salían con magullones, inflamaciones y raspones, que dolían hasta en el alma. Es más, la brisa vespertina de esta ciudad al borde del atlántico generaba una superficie viscosa, donde el resbalón, producto de la puja por un rebote, hacía imposible sostenerse en pie. El mejor antídoto para tanto dolor era un trago de ginebra, que atemperaba las molestias y, en la previa de los enfrentamientos, permitía retemplar el cuerpo.

En la mentada cancha, se vivieron clásicos vibrantes con Cadetes de San Martín y furibundos encuentros con Quilmes y Unión. Algunos vecinos del barrio sostienen que aun hoy, en las noches de bruma, se adivina escurridiza la silueta del viejo curandero de “San Juan” que sanaba a los jugadores con un ungüento espeso, para que estuvieran listos en la próxima justa deportiva.

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“El club es el encuentro del barrio, no sólo deportivo, sino de lo social”.

Sigamos protegiendo la historia y el presente de estos clubes.

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