Algún día el fútbol en la Argentina dejará de ser ese triste viaje del placer al deber que describió Eduardo Galeano. Los más chicos volverán a jugar por el placer de jugar. El profesor será el guía pero, como en el potrero, el juego será el verdadero maestro.

Madres y padres no les sacarán las ganas de jugar a sus hijos. No insultarán al árbitro ni criticarán a su entrenador. Comprenderán que formación y resultados no van de la mano e irán a la cancha a pasar un buen rato.

Los técnicos en inferiores sólo buscarán ganar conocimiento. Se curarán de la epidemia resultadista y priorizarán mejorar a cada uno de los chicos, sin hacerlos jugar como adultos antes de tiempo. Se hablará más de juego que de “trabajo” y jamás se castigará al que intente una gambeta.

El triunfo circunstancial no otorgará al ganador la verdad absoluta y la derrota dejará de ser la oportunidad para masacrar al ocasional perdedor. Los periodistas serán críticos pero no faltarán el respeto. Los programas de análisis con argumento tendrán más rating que los que buscan el conflicto.

Los dirigentes se capacitarán y no evaluarán a los entrenadores de inferiores con la tabla de posiciones en la mano. Entenderán de procesos, apoyarán proyectos y verán los verdaderos frutos en los jugadores con fundamentos.

La opinión de Menotti no será valorada sólo por Guardiola y Klinsmann, sino que será escuchada en la AFA. La AFA será una institución seria, dejará de confeccionar manuales para conquistar mujeres y escribirá un manual de estilo futbolístico que los clubes, con matices, deberán respetar. Los clubes no le negarán los jugadores a la Selección, porque la Selección será de todos o no será de nadie.

Al futbolista no se lo criticará por el dinero que gana ni por el tono en el que canta el himno. “Poner huevo” no será sobrevalorado y al jugador creativo no se lo prejuzgará como un “pecho frío”. El “8” y el “10” recuperarán sus virtudes de siempre y el cerebro será tan valorado como el músculo.

El domingo será una fiesta. Los barras ya no amenazarán a los jugadores por dinero y en la cancha habrá folcklore porque los visitantes podrán entrar. El público, a salvo de los palazos y de las balas de goma, disfrutará mucho más de su equipo que de la desgracia ajena.

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