En 1998 se estrenó un drama fantástico. El film proponía seguir en vivo y en directo la vida de una persona desde su nacimiento y cotidianamente. Los televidentes podían inmiscuirse sin límite en su intimidad, y los programadores incidían en sus decisiones, al punto de amoldar completamente la vida del protagonista a la comodidad del espectáculo, que era seguido a placer por espectadores de todo el planeta. Sus logros, y también las dificultades que debía enfrentar, cada una de sus decisiones vitales, eran parte de un plan que le era ajeno, impuesto, e inducido. Ideado para alimentar el show.

Por estos días, en los que los marplatenses sobrellevamos las mismas dificultades y problemas de siempre, la renovación de autoridades se nos plantea como una esperanza. Una oportunidad de mejora. Entonces depositamos expectativas en un recambio de autoridades que atraviesan una transición. En teoría, una definición no tan compleja pero sí dotada de calificativos enuncia que una transición es como un “estado intermedio entre uno más antiguo y otro a que se llega en un cambio”. Sin entrar en elucubraciones que podrían signarse de subjetivas, también es correcto y más simple señalar que hablamos de un paso, un cambio de un estado a otro. Apenas se trata de dar un paso. Entre representantes. Representantes de unas mayorías. Autoridades. Personas con responsabilidades. Que deberían entonces manejarse con responsabilidad.

Carlos Arroyo llega a esta instancia final de su gobierno, igual que como transitó estos cuatro años, maniobrando a voluntad. Y de igual modo que durante todo el período, depositando en su familia su confianza, en este caso la llave de lo que debería ser una interacción positiva con el gobierno entrante. Aunque esto tampoco debería ser centro de la crítica, o causa de la ruptura del diálogo. Al fin, se trata de quien podría ejercer el gobierno por ser el primero en la línea sucesoria. Y lo descalifica alguien que con la misma libertad ha elegido a su primer concejal. Parece una excusa.

Guillermo Montenegro también ha objetado, apenas luego de un primer encuentro, el estado financiero del municipio. Emplea una lógica, la de “la herencia”, aprendida y utilizada por sus pares partidarios a fines de 2015. Tanto en el orden nacional, como en nuestra provincia, y en cada uno de los territorios en donde accedieron al gobierno en ese entonces. Incluso aquí mismo, en General Pueyrredon, donde, recordemos, las ahora autoridades salientes accedieron a la Intendencia con su mismo signo político; y con los mismos socios, la UCR. Que en una compleja situación, se encuentran acompañando un cuestionamiento a algo que ayudaron a causar.

La escena, en la que mutuamente se asignan responsabilidades pero al mismo tiempo se exigen responsabilidad, tiene rasgos de ficción. De espectáculo. Como si se tratara de un entretenimiento. Ocurre que a diferencia de aquella parodia de los Reality Shows que en los ‘90 abundaron en las pantallas, los ‘espectadores’ no podemos cambiar de canal cuando queramos, o cuando Truman Burbank alcance a tocar la pared pintada de celeste.

Los que se van ya han tenido su tiempo para hacer y deshacer y los que llegan han buscado este lugar al que accedieron porque se postularon y fueron electos. En ningún caso para que jueguen a guionar o dirigir los roles de un reality. Sino para que trabajen en resolver nuestros problemas y necesidades, que son muy reales.

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