Juan Manuel Ballestero construyó una hazaña. La pandemia lo encontró en Portugal y, con las fronteras cerradas, decidió desafiar al mar durante dos meses para poder regresar a Mar del Plata y reencontrarse con sus padres. La pasó mal durante largos trechos del viaje, pero este miércoles llegó a la ciudad y, a los 47 años, escribió una leyenda épica. Contra viento y marea.

La llegada de Ballestero se produjo un mes después de sus horas más duras. El 18 de mayo casi naufraga cuando se encontraba a 125 millas náuticas de Vitoria (Brasil). "Rompí todo el barco, me entra agua hasta por el ombligo", señaló en aquellos días desde Buzios, una vez que pudo capear el temporal.

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"Trate de hacer un tirón a Mar del plata pero me cagó a palos. Me duelen las costillas de los golpes que me dí", llegó a confesar Ballestero, quien viajó en un barco que estaba preparado para navegar por el mar Mediterráneo, pero no tanto para las dificultades de las costas del Atlántico.

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Aventurero, surfista, socorrista, buzo y paracaidista, Ballestero completó su escala final minutos después del mediodía, cuando una pequeña ventana en medio de un fuerte temporal de lluvia le permitió ingresar al espejo de agua de la terminal marítima y amarrar en la boya de cortesía del Club Náutico.

Envuelto en su equipo de agua rojo, el hombre alzó los brazos sobre la cubierta del "Skua" para festejar, mientras su hermano, un grupo de amigos y personal del club lo saludaba desde un espigón.

Minutos antes del ingresar al Puerto, cuando el relieve de los edificios marplatenses empezó a recortarse entre la bruma a pocos kilómetros, el hombre describió su alegría en un breve video que grabó desde el velero con su teléfono celular y que enviara a sus allegados: "Lo he logrado. Vamos el Skua, el Skuita, una nave".

"¿Cómo va muchachos? Ahí está Mar del Plata. No van a ver nada porque está todo con neblina, parece que llegué a Londres", bromeó Ballestero con la ciudad de fondo, mientras el barco avanzaba con viento a favor.

Tras haber cubierto el último tramo desde el puerto de La Paloma, en Uruguay, y completar un viaje de 85 días, el hombre deberá permanecer otros 14 más a bordo del buque amarrado, para cumplir con la cuarentena pertinente.

"Escucho el ruido del guinche y sé que estoy en casa", gritó al llegar el navegante, con el sonido de fondo de la maquinaria del Astillero Contessi, ubicado a pocos metros del amarre.

Un empresario pesquero de la ciudad y amigo suyo ofreció pagarle si fuera posible -"a cambio de un asado cuando esté permitido"- un hisopado en un laboratorio privado, para que pueda pisar tierra cuanto antes.

Tal como indica el protocolo sanitario, Ballestero completó los trámites migratorios correspondientes sin bajar de la embarcación, y solo tuvo contacto con personal de Prefectura Naval Argentina, que se acercó en un bote, y en las próximas horas harán lo propio agentes de Sanidad de Fronteras.

Una vez superadas las medidas de aislamiento, Ballestero podrá reencontrarse personalmente con quienes fueron la meta principal de su travesía oceánica: su padre, Carlos (90), un reconocido capitán de pesca de la ciudad, y su madre, Nilda (82). "Lástima que esto es en el marco de una pandemia maldita, de cuarentenas y demás, pero ojalá que volvamos a la normalidad todos. Ojalá nos veamos pronto", aseguró.

El hombre había salido el 24 de marzo último desde Porto Santo, la segunda isla más grande del archipiélago portugués de Madeira, tras el cierre de las fronteras por la pandemia por el nuevo coronavirus.

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