Desde un primer momento los investigadores hablaron de un hombre delgado, ágil, atlético a partir de sus líneas y su ritmo, tanto al llegar como al partir de la escena del crimen de Karina Fragoso.

Las imágenes en video apuntaban hacia esa identificación de una persona que no había dejado ver su rostro por una capucha que le cubría muy bien la cabeza, ayudado además por la oscuridad reinante al momento de salir al cruce de su víctima.

El registro fílmico aportado por una cámara de seguridad donde se ve casi toda la secuencia, incluso el momento del disparo a quemarropa, no terminó de despejar las dudas. Por eso la pesquisa que encabeza el fiscal Leandro Arévalo apeló a todo el potencial de la DDI y desmás áreas policiales para sumar evidencia.

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Así fue que se amplió el radio de búsqueda de grabaciones de cámaras de seguridad. Un proceso largo que demandó cientos de horas de trabajo y de otros tantos hombres, sentados frente a pantallas, atentos a algún dato revelador.

Así se llegó a la punta que llevó hasta Eugenia Natividad Argañaraz. Aquella noche del 5 de septiembre llevaba un buzo que volvió a aparecer gracias a una de esos sistema de monitoreo particulares, instalados en casas de familia. A la similitud de la prenda se sumó el ritmo de desplazamiento de quien lo llevaba. Allí se puso el foco y se llegó hasta la casa de Chile entre Castelli y Garay donde vive, de manera precaria, la ahora acusada del crimen de Fragoso.

Frente al fiscal Arévalo deberá dar algunas respuestas. Para los investigadores el caso está esclarecido. Creen que la persona que enfrentó a Fragoso y le disparó a la cabeza fue Argañaraz. Restará probar cuáles fueron sus pasos aquella noche y, sobre todo, dar con el arma homicida.

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